Archivo diario: noviembre 22, 2009

¿Seguimos pagando rescates?

¿O mejor mandamos al ejército de mar a hundirles los barcos?

La solución zapatera ya la conocemos: ¡ paga mamón! (que los mamones somos nosotros).

Pero después de leer ésto, creo que TODOS los que tengan dos neuronas conectadas sabrán que es lo que hay que hacer.

Conversación inédita con el patrón del Alakrana

‘No dejo de pensar en aquella niña de 12 años y en la cocinera violada’

Camino de Seychelles, la libertad. La niña. La veo en mi cabeza. Recuerdo sus ojos azules, apoyada en la ventana. Me duele mucho no haberla traído conmigo. Su madre me suplicó que me la llevara. Le dije que no podía. En su barco, el Ariana, había 12 piratas. En el mío, el Alakrana, 30. La madre [Natalia Loss], esposa del jefe de máquinas, lloraba. “Llévatela”, me decía. Desde entonces me miro al espejo y lloro. No dejo de pensar en esa niña, en las mujeres de ese barco. La cocinera estaba embarazada, tras ser violada por los piratas. Negociamos con el armador medicamentos para ella. Cuando los recibimos, Jama Adan [el negociador de los bucaneros] los tiró al agua. Son unos malditos. A esos asesinos sólo les deseo la muerte, les metería veneno en la comida. ¿Qué será de la niña?

Este es el testimonio del patrón del ‘Alakrana’, Ricardo Blach, tras una larga conversación transcrita a modo de diario [se utilizan también testimonios previos] por el periodista Martín Mucha para CRÓNICA.

VIERNES, 2 DE OCTUBRE. Primer día de secuestro. 5:30. “Son piratas, son piratas”, es lo último que puedo decir por radio antes de que invadan la cubierta con sus fusiles. Tenemos las redes echadas y no podemos escapar. Puedo enviar un correo electrónico al armador [es un barco ultramoderno con comunicación por satélite y capacidad para estar conectado a internet todo el tiempo]. “Estamos bien. No envíen más emails que estamos a tope”, escribo. El barco es asaltado. Los marineros, encarcelados en sus camarotes. Al capitán, Iker Galbarriatu, y a mí nos obligan a dormir en el suelo del puente de mando. Nos cubrimos con una manta. Hace frío y no cierran las puertas. Está muy oscuro.

9 AL 13 DE OCTUBRE. Segunda semana sin libertad. Ya no tengo manta, me la han quitado. Tirito de frío. Saquean los camarotes. Los muebles nuevos de color clarito se van poniendo marrones. El suelo se llena de colillas. Las reservas de alcohol se acaban. De día, nos obligan a estar sentados. Mi única compañía, aparte de los piratas, es el capitán. Charlamos y nos contamos secretos, total no nos entienden. Nos quedamos sin temas muy pronto.

MIÉRCOLES, 14 DE OCTUBRE. Los piratas deciden restringir las conversaciones al mínimo. Nunca estamos solos. Siempre con los secuestradores. Siempre armados. Día y noche. Utilizan kalashnikov, bazucas y pistolas. Se pelean constantemente por nuestras cosas. Dejan las armas en el suelo y se lían a puñetazo limpio.

16 AL 22 DE OCTUBRE. Tercera semana. Quieren presionar al Gobierno. Y destruirnos. Íker, el capitán, ha dejado de probar alimentos. El chaval tiene 29 años -podría ser mi hijo- y está muy disgustado. A los piratas se les escapan los tiros por nada. “Hay que comer”, le regaño. Le echo una bronca terrible. Ha adelgazado demasiado. No me dejan ducharme. Estoy sucio. Apesto.

No nos dejan salir del puente de mando. Nos amenazan con fusiles. No nos respetan, tratan mejor al resto de la tripulación, nos humillan. Como ven que está delicado y débil, le maltratan más. No hace falta hacerles nada para que aireen las armas. Un camarero esta barriendo el puente y se acerca demasiado a un pirata. Cuando se da cuenta, ya tiene un arma en la sien.

UN MES DE SECUESTRO. Nuestra venganza. Entre el capitán y yo les ponemos apodos a cada uno de los bucaneros esos. El Cicatriz es uno. Nos trata de impresionar… y lo consigue. Una bala le marca la cara desde la parte alta de la nariz hasta el final de la frente. Tiene otra alojada en la espalda. La he tocado.

Nos ha dado a entender que ha matado a 45 personas. Me enseña una grabación de vídeo de su móvil. Se ve cómo a un tío lo sacan del coche y le disparan a sangre fría.

Ése no es el único personaje. También está ‘El Dedos’, porque le faltan tres. O ‘El Barbas’, idéntico a Bin Laden. Otro es ‘El Choriz’o, porque no para de robar todo, le roba incluso a su gente. El peor es ‘El Jefillo’ o ‘Hijo de Puta’. Nos tortura y humilla. Por él me atan y no me sueltan. Quiero ir al baño y no me dejan. Me meo encima. Se ríen de mí.

SÁBADO, 7 DE NOVIEMBRE. Una de las experiencias más tristes de mi vida. Tomamos contacto con el barco secuestrado ‘Ariana’. Dos mujeres y una niña dentro. Nos sirve para saber que hay quien lo está pasando peor que nosotros. La madre de la pequeña suplica que me lleve a su hija. No lo hago. Le damos fruta, pescado, alimentos y las pocas medicinas que tenemos. La cocinera del barco, embarazada por los piratas, tuvo un aborto y esta mal. Necesita tratamiento médico urgente. Tiene una infección grave.

FIN. MARTES, 17 DE NOVIEMBRE. Anoche vino mucha gente que nunca antes había estado en el barco. Cuento 63. Llega el dinero y se lo reparten en el salón de oficiales. No vimos llegar el rescate porque nos mandaron a babor y la maniobra se hizo por estribor. Los jefes se van muy rápido. Antes de partir nos advierten sobre unos piratas que no son de su banda y que pueden secuestrarnos de nuevo. El contramaestre y un marinero levantan el ancla. Victoria. Cuando se va el último, ordeno ir a toda velocidad. Llama el maquinista para advertir que se puede parar el motor. ‘¡Pois que pare!’, le digo. Voy a mi cuarto. Destrozado. Sin nada. Pero le he ganado una batalla a los carroñeros. Se han dejado un reloj Tag Heuer debajo de unos papeles. Duermo. Cuatro horas seguidas. Más que en todo el viaje. Nos enteramos de la mentira del desembarco de los tres compañeros. Sólo los metieron en una zodiac, los desplazaron 800 metros y los escondieron en el barco. ¡Era un montaje!

Detrás de la celebración aún pienso en el compañero al que se le murió la mujer durante nuestro secuestro. Y en la niña de 12 años que vive en un barco secuestrado.

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La teoría de las ventanas rotas

Comparto con vosotros esta interesante teoría, recibida desde Costa Rica, en la que podemos ver que los comportamientos vandálicos no son patrimonio exclusivo del macarraje.  Con recordar a los “Pozuelins” es suficiente.

En 1969 se efectuó un experimento dirigido por el psicólogo de la Universidad de Stanford, California, USA, Philip Zimbardo. El experimento consistió en abandonar un automóvil en una descuidada calle del Bronx, barrio populoso y con serios problemas sociales y un alto índice de delincuencia, de la ciudad de Nueva York, con las placas de matrícula arrancadas y las puertas sin seguro. Su objetivo era ver qué ocurría.
Y ocurrió algo. A los pocos minutos, empezaron a robar sus partes. A los tres días no quedaba nada de valor. Luego empezaron a destrozarlo.
El experimento tenía dos partes: la segunda fue abandonar otro automóvil, en parecidas condiciones, en un barrio rico de Palo Alto, California. No pasó nada. Durante una semana, el coche siguió intacto.
Entonces, Zimbardo dio un paso más, y machacó algunas partes de la carrocería con un martillo. Esas abolladuras fueron la señal que los honrados ciudadanos de Palo Alto esperaban, al cabo de pocas horas el coche estaba tan destrozado como el del Bronx.
De este experimento se elaboró una teoría sobre el contagio de las conductas inmorales o antisociales.
Este experimento dio lugar a la teoría de las ventanas rotas, expuesta en 1982 y elaborada por James Wilson y George Kelling: “Consideren un edificio con una ventana rota. Si la ventana no se repara, los vándalos tenderán a romper unas cuantas ventanas más. Finalmente, quizás hasta irrumpan en el edificio, y si está abandonado, es posible que sea ocupado por ellos o que prendan fuegos adentro.
O consideren una banqueta (o un lote baldío, o un parque mal cuidado). Se acumula algo de basura. Pronto, más basura se va acumulando. Eventualmente, la gente comienza a dejar bolsas de basura de todo tamaño o a asaltar coches.”
¿Por qué? ¿Es divertido romper cristales?, puede ser. Pero, sobre todo, porque la ventana rota envía un mensaje: aquí no hay nadie que cuide esto, carece del sentido de pertenencia – bienes sin dolientes – la misma indolencia de la comunidad con los espacios públicos – es de todos pero no es de nadie…
Nuestras municipalidades conocen bien esta teoría. Si no es de un punto de vista académico, si lo es del punto de vista práctico, por ejemplo: cuando aparece un grafito en una pared, si no se borra pronto, toda la pared -y aún otras próximas- aparecen llenas de pintadas. De ahí la importancia de mantener siempre la ciudad limpia, las calles en orden, los jardines en buen estado…
La policía lo sabe, por eso considera importante atajar no sólo los grandes crímenes, sino también las pequeñas transgresiones.
El mensaje es claro: una vez que se empiezan a desobedecer las normas que mantienen el orden en una comunidad, tanto el orden como la comunidad empiezan a deteriorarse, a una velocidad sorprendente. Las conductas antisociales, incivilizadas, se contagian.
Las personas civilizadas se retraen o lo que es peor, involucionan, se “incivilizan” y contaminan, Wilson y Kelling lo explicaban así: “Muchos ciudadanos pensarán que el crimen, sobre todo el crimen violento, se multiplica, y consiguientemente modificarán su conducta. Usarán las calles con menos frecuencia y, cuando lo hagan, se mantendrán alejados de los otros, moviéndose rápidamente, sin mirarles ni hablarles. No querrán implicarse con ellos. Para algunos, esa atomización creciente no será relevante, pero lo será para otros, que obtienen satisfacciones de esa relación con los demás. Para ellos, el barrio dejará de existir, excepto en lo que se refiere a algunos amigos fiables con los que estarán dispuestos a reunirse”.
Una buena estrategia para prevenir el vandalismo, dicen los autores del libro, es arreglar los problemas cuando aún son pequeños. Reparar las ventanas rotas en un periodo de tiempo corto, la tendencia es que será menos probable que los vándalos rompan más ventanas o hagan más daños. Limpiar las bancas o lotes, frecuentemente y la tendencia será que la basura no se acumulará. Los problemas no se intensifican y se evita que los residentes huyan del vecindario. Entonces, la teoría hace dos hipótesis: que los crímenes menores y el comportamiento anti-social serán disminuidos, y que los crímenes de primer grado serán, como resultado, prevenidos.
Por lo tanto es necesario no tolerar, bajo ningún concepto, estas conductas, debiendo surgir primero una convicción interna, revisarnos que es lo que nos permitimos a nosotros mismos en privado y luego volcar esa convicción hacia lo colectivo. Surge así la estrategia de “tolerancia cero”.
En 1990, William J. Bartton, jefe del Departamento de Tránsito de la Ciudad de Nueva York, discípulo intelectual de George L. Kelling, implementó “tolerancia cero” a delitos menores, evasión de multas, métodos de procesamiento de arrestos más sencillos e investigación de antecedentes en cualquier persona arrestada. El alcalde Rudy Giuliani adoptó también esta medida, aún más firme, en Nueva York, desde 1993, bajo los programas de “tolerancia cero“ y “calidad de vida”. Giuliani hizo que la policía fuera más estricta con los rateros en el metro, detuvo a los que bebían y orinaban en la vía pública y a los “limpia parabrisas” que “exigían” el pago por el servicio. Las tasas de crímenes, menores y mayores, se redujeron significativamente y continuaron disminuyendo durante los siguientes 10 años. En Albuquerque, Nuevo México, se obtuvo un resultado similar a finales de 1990 con el programa de Calles Seguras. Operando bajo la premisa de que la gente del Oeste de Estados Unidos utiliza los caminos de la misma manera que la gente de Nueva York utiliza el metro.
En estos casos, las posibles soluciones corresponden, por un lado al gobierno, quien debe tomar la decisión y ejecutarla, implementando el cuerpo legal necesario y la suficiente agilidad entre los diferentes operadores para que las soluciones no queden en papel y por otro lado, a los ciudadanos mismos, buscando recuperar las conductas cívicas y morales en la familia, en la empresa, en el club deportivo, en la ciudad, en los medios de comunicación, etc.
Emmanuel Kant (1724-1804), filósofo alemán, dio una regla muy útil: “actúa siempre de modo que tu conducta pueda ser considerada una regla universal”. ¿Le gustaría a usted que todos rompiesen los coches, pintasen las paredes, tiraran la basura, mintiesen, robasen, defraudasen o cosas peores? ¿No? Entonces hay conductas que no deben ser llevadas a cabo, aunque sean salvajemente agradables para muchos.
El cambio de actitud debe venir desde adentro, la comunidad no es un concepto abstracto, sino que esta conformado por individualidades reales, cada una de las cuales debe asumir la tolerancia cero o perder la sociedad y el ser humano, pues el ser humano solo se realiza como tal, viviendo en sociedad, al decir de Aristóteles, solo, el Hombre es una bestia o un Dios de sí mismo… pero no un Hombre.

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