Archivo mensual: junio 2011

Hiperglobalización socialista

Por Juan Ramón Rallo

El Debate sobre el Estado de la Nación no ha dado para mucho, en esencia porque lo único que merecería nuestra atención, el anuncio de la dimisión de Zapatero y la consecuente convocatoria de elecciones anticipadas, no se ha producido. Después de tres desastrosos años, en los que ha abocado el país a la quiebra, no iba ZP a tomar la opción de salida menos indigna.

Por desgracia, el todavía presidente del Gobierno nos ha golpeado desde el hemiciclo con esos otros mensajes tan propios de la izquierda, de la que él, no lo olvidemos, ha formado y sigue formado parte. Ha dicho Zapatero que estamos experimentado una peligrosísima “hiperglobalización” de las finanzas mundiales, lo que, en última instancia, es el meollo de la crisis actual. La falta de una gobernanza de alcance planetario –es decir, de un Hiperestado que actúe a modo de policía para imponer tributos y reglamentaciones globales–, unido a la bravuconería de los tiburones capitalistas, explicaría la génesis de los préstamos de alto riesgo y de las burbujas internacionales.

El maniqueísmo es evidente: dado que los mercados deben estar sometidos a los Estados, si los primeros adquieren una naturaleza internacional, los segundos deberán engordar en igual medida para mantenerlos bajo control. Frente a un mercado grande, necesitamos un contrapeso público igualmente poderoso. La crisis actual lo demostraría.

La treta estatista es sobradamente conocida y se resume en esos dos sustantivos que componen el título de la imprescindible obra de Robert Higgs: Crisis y Leviatán. El Leviatán está especializado en provocar crisis, y las crisis constituyen el revulsivo para que el intervencionismo, el Leviatán, se expanda. El caso que nos ocupa no es distinto.

Los fenómenos económicos que Zapatero asocia con esa hiperglobalización –el crecimiento desproporcionado de los mercados financieros, del crédito y de los instrumentos derivados– son más bien una consecuencia de la injerencia estatista en los mercados financieros para obstaculizar el desarrollo libre y sano de la globalización. Al fin y al cabo, si en las últimas décadas el crédito ha podido explotar en cantidad y en baja calidad ha sido porque los bancos centrales abandonaron la disciplina que les imponía el oro, y gracias a ello pudieron sustentar y refinanciar a unos bancos privados acostumbrados a prestar a largo plazo más dinero del que reciben a igual plazo. Asimismo, si en las últimas décadas se han multiplicado los instrumentos de cobertura contra el riesgo cambiario y de tipos de interés –los infames derivados– ha sido porque, con el abandono el patrón oro, los tipos de cambio dejaron de ser fijos y los tipos de interés pasaron a depender no de la disponibilidad real de ahorro, sino del fluctuante crédito que el sistema bancario inyectara al mercado.

¿Por qué los Estados decidieron desprenderse del oro? No precisamente para dar alas a la globalización de los capitales, sino más bien para saltarse la disciplina que éstos les imponían. Fue el nacionalismo monetario y crediticio –las ansias de los políticos por gastar más de lo que los ahorradores internos y extranjeros les querían prestar– lo que motivó el abandono del oro: el deseo socialista de disponer de una política monetaria propia para poder recurrir a la inflación de la moneda nacional con el fin de sufragar el expansionismo de un sector público insostenible. El oro era el símbolo de la globalización, la divisa que unificaba los intercambios internacionales y que permitía invertir en el extranjero a largo plazo sin miedo a devaluaciones competitivas de ningún tipo.

Pero se lo cargaron. Y se lo cargaron para inflar el crédito público y privado hasta unos límites jamás soñados, aun a costa de desestabilizar la globalización. Y ahora los hijos y nietos ideológicos de quienes destruyeron en nombre del estatismo el único sistema monetario verdaderamente global que ha conocido la humanidad salen a la palestra criticando una hiperglobalización e hiperfinanciarización que juzgan excesiva y que atribuyen no al asesinato del oro, sino al insuficiente tamaño del Estado.

Dejen de insultarnos y de tomarnos el pelo: lo que necesitamos es una auténtica globalización, basada en un sistema financiero y monetario sano, alejado del maridaje entre la banca y el Estado. Pero eso no significa más sino menos Estado, mucho menos Estado. Más que nada porque, sin la inflación nacionalista del crédito, se acabó el chollo de obtener crédito sin pedirlo prestado. Y, por tanto, se acabó el gastar más de lo que se ingresa. Hiperglobalización sí, pero de verdad. No el fraude intervencionista actual.

 Fuente:  Libertad Digital

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Risas en el hemiciclo

 

 

y lágrimas en las calles.

Cara y cruz de la realidad española.  Mientras 5 millones de parados en España no paran de llorar su desgracia y otros muchos más temen por su futuro… los socialistas ríen en el debate del estado de la nación de naciones zapatera.

Flipa:

 

Zapatero y Rubalcaba… pasado y futuro, la misma risa. La misma desgracia.

Sinde(scargas) y Pajín, muertas de la risa….

¿Será que España “va bien” y por eso aplauden?

 

 

Para darse de bofetones, porque es de ver y no creer.

 

 

 

Fotos:  Libertad Digital

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Durmiendo hasta a las ovejas

Parece que el debate del “estado de la nación de naciones discutida y discutible” entre el “looser” ZetaParo y el “winner” Rajoy no sólo no logra entusiasmar a nadie, sino que pone a dormir a las ovejas (socialistas) y hasta a los cancerberos zapateros como Pepiño Blanco.

Ni crisis, ni deuda, ni 5 millones de parados, ni jefe en retirada.  Nada parece perturbar el dulce sueño de Pepiño.

Y mientras Pepiño sueña con millones de votos que no tendrá nunca más, y Elena Salgado medita… Ramón Jáuregui parece caer también en los brazos de Morfeo:

 

Y mientras ellos sueñan…. los contribuyentes españoles le pagan por dormir.  Y Sonsoles, triste, mira desde la barrera:

Foto: Diario ABC y El Digital de Castilla-La Mancha

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Dinero y deuda

por Francisco Capella

Un agente económico distribuye su riqueza o patrimonio entre varias categorías: bienes de consumo, bienes de capital (entendidos como herramientas que sirven para producir otros bienes o proporcionar servicios), activos o pasivos financieros (acciones u obligaciones) y dinero. Los bienes de consumo satisfacen directamente deseos humanos. Las herramientas son productivas, pueden emplearse para generar riqueza. El dinero es inerte, apenas tiene valor de uso, prácticamente sólo tiene valor de intercambio. En la medida de lo posible los agentes económicos intentan economizar en el uso de dinero manteniendo pequeños saldos de tesorería. El dinero tiene un poder adquisitivo estable, pero atesorarlo tiene un coste de oportunidad: los bienes de consumo que no se disfrutan o los posibles rendimientos de las inversiones que no se realizan. Para economizar dinero los agentes económicos pueden recurrir a sistemas de pago que no requieran de su presencia física.

El dinero es el medio de intercambio generalizado, pero esto no significa que el dinero deba estar presente de forma directa e inmediata en todos los intercambios. El trueque es siempre posible, y también se pueden intercambiar bienes y servicios no por dinero sino por promesas de pago de dinero en el futuro, o dar dinero a cambio de la promesa de entrega futura de algún bien o servicio. No todos los intercambios se completan en el momento pagando al contado: algunos intercambios son separados en el tiempo (adelantados o aplazados, diferidos), el pago definitivo no se produce en el mismo instante en que se entregan las mercancías o se proporciona el servicio. En un intervalo de tiempo pueden intercambiarse bienes sin dar o recibir dinero a cambio (se dio o recibió antes o se dará o recibirá después), y también puede intercambiarse dinero sin dar o recibir bienes a cambio (porque se dieron o recibieron antes o se darán o recibirán después). También son posibles los intercambios de dinero presente por promesas de pago de dinero en el futuro (préstamos de dinero).

Un pago por adelantado genera una deuda o compromiso de entrega de un bien o servicio: el vendedor debe el bien al comprador. Una venta con pago aplazado genera una deuda o compromiso de entrega de dinero: el comprador debe el dinero al vendedor. El acreedor tiene un derecho de cobro respecto al deudor; el deudor tiene un obligación de pago respecto al acreedor. Pero los compromisos de pago de dinero (o de bienes) no necesitan siempre cumplirse mediante la entrega efectiva de dinero (o de los bienes): a veces es posible cancelar una deuda con otra deuda de sentido contrario. El pago por adelantado es poco común y es raro poder compensar deudas de bienes o servicios específicos. La venta a crédito es muy común y al ser el dinero un instrumento utilizado de forma universal es relativamente fácil compensar unas deudas monetarias con otras.

Un vendedor puede aceptar un pago aplazado porque quiere garantizar una venta (que si no tal vez no se realizaría) y sabe (o al menos cree) que recibirá el pago en poco tiempo con gran seguridad. Algunos agentes económicos tienen riqueza o la capacidad de generarla pero ocasionalmente pueden no disponer de dinero (o pueden tener dinero pero no llevarlo consigo en el momento de la compra). Las personas compran (gastan dinero) y venden (ingresan dinero), pero la distribución temporal de sus ingresos y sus gastos monetarios puede estar descompensada: es común recibir unos pocos pagos concentrados (el salario de un trabajador, la venta de la cosecha de un agricultor) y realizar frecuentes pequeños pagos (compra diaria).

En la venta a crédito el vendedor o proveedor entrega su mercancía y el comprador reconoce una deuda pendiente de pago. La deuda es una promesa de pago de dinero que el acreedor acepta en la medida en que juzga que el deudor es solvente: es necesaria la confianza del acreedor acerca de la voluntad y la capacidad de pago del deudor; el acreedor da o reconoce crédito al deudor (estima su honradez y su capacidad económica).

La confianza en que los intercambios diferidos se completen satisfactoriamente surge de forma natural en relaciones entre agentes próximos o con contactos frecuentes, repetidos, estables: compradores habituales y tenderos; diversos eslabones de la estructura de producción, suministro y distribución mayorista o minorista. Los tenderos apuntan los pagos pendientes de sus clientes; los proveedores entregan mercancías a cambio de letras de cambio pagaderas a corto plazo.

Un comprador puede generar una nueva promesa de pago para entregársela al vendedor, pero también puede ofrecerle un derecho de cobro ya existente, una promesa de pago que le entregó un tercero: la deuda circula, se acepta como medio de pago; algunas promesas de pago de dinero se usan como dinero. Si los componentes de un grupo de agentes que comercian entre sí compran y venden por el mismo valor económico en un intervalo de tiempo, no necesitan utilizar dinero en sus intercambios si se dan cuenta de que lo que cada uno debe a los demás por sus compras queda compensado por lo que los demás le deben por sus ventas. El dinero se utiliza principalmente como unidad de cuenta y referencia, y se intercambia solamente para saldar las deudas que no puedan ser compensadas.

La deuda no sólo tiene cantidad: también tiene plazo y riesgo. No es lo mismo un derecho de cobro a corto plazo que un derecho de cobro a largo plazo. No es lo mismo un derecho de cobro contra un deudor muy solvente que contra un deudor poco solvente. Las deudas se compensan y anulan entre sí con más facilidad en la medida en que tengan plazos y riesgos semejantes. Normalmente sólo se usan como medio de pago las deudas a corto plazo y bajo riesgo, con buenas garantías, avaladas por personas fiables y respaldadas por colateral líquido (de valor estable y fácilmente realizable).

El uso de deuda como dinero puede estar inicialmente limitado a grupos pequeños con fuertes lazos internos de confianza, como los comerciantes. La banca comercial extiende esta posibilidad a una población más amplia: certifica el crédito de los agentes económicos, emite deuda propia (billetes y depósitos) que puede usarse de forma generalizada como dinero, y compensa las deudas entre sus clientes (y entre los clientes de bancos diferentes mediante las cámaras de compensación interbancaria). El dinero en sentido estricto (monedas metálicas, dinero básico) se complementa con instrumentos de pago derivados (billetes y depósitos bancarios, dinero en sentido amplio).

 

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De lectura imprescindible

y altamente recomendable.  Su lectura debería ser obligatoria en las escuelas, a ver si espabilan los “niños”…

Made in USA – Un americano en España

El autor se llama Gary Stewart y es Director Ejecutivo del Venture Lab de IE Business School. Además, es consejero, co-fundador y antiguo CEO de nuroa.es, un buscador inmobiliario líder en Europa. Recibió su licenciatura en la Universidad de Yale (magna cum laude, Phi Beta Kappa) y su juris doctor en la Facultad de Derecho de Yale. Colabora como consultor legal y estratégico a varias empresas start-ups españolas en búsqueda de financiación.

De lectura obligada.

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Estamos en la Champions League… de los deudores!

La prima de riesgo de los bonos españoles a 10 años ya supera los 300 puntos básicos y se coloca en máximos históricos.  El viernes pasado estaba en 291 puntos, pero esta mañana ha abierto en 301.

¿Qué significa esto?  Que España tendrá que pagar una tasa de interés más alta por colocar deuda.

¿Por qué?  Porque crecen las dudas acerca de la capacidad de España para pagar.

Cierto es que por ahora encabeza el campeonato Grecia.  Y que le sigue Irlanda, seguida de Portugal.  Pero la España de Zapatero no se rinde y pelea por una medalla en esta “Champions”.

Como siga en la Moncloa, seguro que lo consigue. 

¿Estás dispuesto/dispuesta/dispueste a seguir pagando por ello? 

Sigue votando PSOE, mono.

 

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ZP: reinventando lo seguro

Y que conste que salió en el programa de Buenafuente.  La ironía de entonces (2009) se ha convertido en la triste realidad….

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David Friedman sobre el socialismo

“En el estado socialista ideal, el poder no atraerá a maniáticos sedientos de poder. La gente que toma las decisiones no mostrará el más leve sesgo debido a sus propios intereses. No habrá forma de que un hombre inteligente manipule a las instituciones para servir a sus propios intereses. Y los ríos fluirán montaña arriba.”

David Friedman.

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Una mirada al pasado para comprender el futuro

Por Domingo Soriano

Un popular dicho asegura: un economista es alguien que explica qué va a pasar en el futuro y que, cuando llega el futuro, explica por qué no ha pasado. Aunque a los profesores, los analistas y los columnistas les moleste admitirlo, lo cierto es que de la validez de este tópico pueden encontrarse demasiadas pruebas en las hemerotecas, a poco que investigue uno en ellas. Y ya no digamos en medio de una crisis como la actual.

No sólo son legión los estudiosos que nunca previeron lo que estaba a punto de pasar: también forman un nutrido ejército aquellos que ofrecen soluciones equivocadas, apuestan por escenarios futuros que nunca llegan a producirse y apenas son capaces de balbucir una explicación cuando la realidad desmiente sus preciosos modelos teóricos. De hecho, no es extraño ver a todo un Premio Nobel como Paul Krugman pidiendo en 2002 (cuando todavía no le habían concedido el galardón) que la Reserva Federal provocase una burbuja inmobiliaria que sacase a EEUU de la recesión. Y tampoco es excepcional ver al mismo personaje exigir a Barack Obama, para conjurar el colapso, que aumente (¡todavía más!) sus descomunales planes de estímulo.

Así las cosas, uno se pregunta qué necesidad tenía Juan Ramón Rallo de someterse al escrutinio público presentando en forma de libro los ensayos que publicó en el periodo 2007-2009. Como disculpa, asegura que lo hace porque esto de revisar lo escrito “siempre resulta un recomendable ejercicio intelectual”. Además, como muchos de los textos se publicaron en internet –la mayoría en Libertad Digital–, quizá pensó que no le quedaba escapatoria: cualquiera que quisiera rebatir sus argumentos sólo tendría que coger lápiz, papel y Google.

El problema es que Rallo acierta. Por eso este libro no se lee con la condescendiente nostalgia con que uno se acerca a otros recopilatorios, en los que se admiten los errores del autor por la cercanía de la actualidad. Al contrario, el lector pasa las páginas con el puntito de envidia del que también vivió aquellos acontecimientos y no supo prever lo que iba a ocurrir. Siente que es una mirada al pasado que le servirá para comprender el futuro.

El volumen no podría tener un título más adecuado. Porque es exactamente una crónica de la Gran Recesión, que cuesta creer fuera escrita antes de que ésta comenzase. De hecho, Rallo ha elegido como apertura un artículo que muy pocos podrían haber escrito: en septiembre de 2007, apenas un mes después de que comenzasen las noticias sobre las primeras inyecciones de liquidez por parte del Banco Central Europeo, y con prácticamente todos los analistas hablando del “aterrizaje suave” que le esperaba a la economía española, Libertad Digital publicaba la columna a que hago referencia, titulada “Se acabó la fiesta”. Luego llegaría la resaca.

Desde ese primer artículo, Rallo va desgranando todos los grandes temas que giran alrededor de esta Gran Recesión: la responsabilidad bancaria, el incremento de la deuda pública, el estallido de la burbuja inmobiliaria, los movimientos de los Bancos Centrales, la política económica del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, el euro, los bonus a los directivos, las agencias de calificación… Aunque el criterio de ordenación es cronológico, la obra en ningún caso se lee como una memoria, sino como una continua lección de economía aplicada, en la que no hay campo que no se toque.

Sólo un problema acecha al lector temeroso. El último de los noventa artículos se titula “El crédito desapareció y los gobiernos ocuparon su lugar”. Fue la columna que Rallo escribió para el suplemento “Fin de Año” de 2009. En ella, nuestro autor acaba preguntándose si serán capaces los mercados (la iniciativa privada y los empresarios) de “despejar los gravísimos nubarrones que han colocado en el horizonte” los Gobiernos. Y se responde: “Mi apuesta personal es que así será en muchas partes del mundo pero no en España. Sólo los más ricos pueden permitirse el lujo de correr con los gastos de Gobiernos manirrotos”. Casi un año y medio después, este jueves 16 de junio de 2011, la prima de riesgo española ha vuelto a su nivel máximo y los comentarios sobre la posible quiebra o rescate de nuestro país se suceden en la prensa y en los mercados.

Ronald Reagan decía que un economista es alguien que ve que algo funciona en la práctica y se pregunta si funcionará en la teoría. El presidente norteamericano no lo hizo mal en el conjunto de sus ocho años, aunque dejó un legado de deuda pública que no habría gustado demasiado a Rallo. También a él le habrían venido bien las lecciones de nuestro autor. El único problema es que este doctor en Economía nació en Castellón cuatro años después de que el republicano llegara a la Casa Blanca. Estaba demasiado lejos y era demasiado joven para poder explicarle a Reagan cómo la teoría y la práctica sí pueden ir de la mano, siempre y cuando se sigan los principios correctos.

 

JUAN RAMÓN RALLO: CRÓNICAS DE LA GRAN RECESIÓN (2007-2009). Unión Editorial (Madrid), 2011, 364 páginas. Prólogo de CARLOS RODRÍGUEZ BRAUN

 

Fuente:  Libertad Digital

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Las ratas cambian de barco

por Arturo Pérez-Reverte

Por ahí andan. Tan previsibles ellos, y con tan poca vergüenza. En los últimos ocho años, cada vez que abríamos un diario o encendíamos el arradio estaban allí, ellos y ellas, empleados en minuciosas tareas de palmeo fino y succión, peones de brega dispuestos a dar unos oportunos capotazos para ayudar al señorito, siempre y cuando eso no los obligara a salir mucho del burladero. No me pidan nombres, que me da risa. Léanse algunas columnas de periódico, oigan ciertas tertulias radiofónicas y decidan ustedes. Lo chusco es que uno, que fue puta antes que monja, ya conocía a varios de cuando el duodecenato -o como carajo se diga- de la etapa anterior. Tenía las fotos, vamos, de esos mismos jetas peloteando con idéntico entusiasmo a los anteriores amos del cotarro. Incombustibles, inasequibles al desaliento y sin cortarse un pelo, en plan muy bueno lo tuyo, ministro, o hay que ver, presidente, está feo que te lo diga, pero eres un hombre providencial. Y encima, guapo. Siempre dije que tú esto y que tú lo otro. En fin. A unos cuantos de esos lameculos tuve ocasión de tratarlos un poco durante mi época de reportero, cuando a veces me tocaba la cobertura informativa de un viaje oficial a alguna zona africana o latinoamericana de mi competencia, primero con la Ucedé y luego con el Pesoe. Pasmaba el compadreo, oigan. Las mamadas.

Luego ganó el Pepé -es un decir, porque en esta puta España nunca gana la oposición; pierden los gobiernos-, y todos los sicarios que llevaban acumulados cuatro trienios ganándose el jornal como finos analistas orgánicos decidieron que, con la coartada moral de contribuir al pluralismo democrático del nuevo tinglado, no había problema en integrarse en las tertulias de radio y en los medios informativos copados por los vencedores. Cobrando, claro. Todo lo contrario: allí podrían aportar su granito de arena, su experiencia y su hombría de bien, templando el discurso fascista, etcétera. Y oigan. Tanta dedicación le pusieron a lo de templar, que ponías la radio o la tele a cualquier hora del día y de la noche, y siempre salían los mismos, con sus lugares comunes, su ya lo decía yo, su demagogia inculta y todoterreno, su osadía a la hora de enjuiciar cualquier tema situado en el cielo o la tierra. Y sobre todo su descarada adulación al poder que les llenaba el pesebre.

La verdad -las cosas como son- es que en momentos cruciales como lo del Prestige y la guerra de Iraq, todos esos mierdas se ganaron el jornal, adaptándose con pasmosa flexibilidad a cada coyuntura: virtuosos de la contradicción propia sin consecuencias, especialistas en afirmar exactamente lo contrario de lo que afirmaban semanas atrás, maestros en echar cortinas de humo con la coletilla: yo siempre sostuve que. Y ojo: no hablo de quienes, a su manera, por convicción ideológica o por los garbanzos, justifican su salario de honrados mercenarios trabajando para quien les da de comer. Eso lo hace hasta el que aprieta tornillos en la Renault. No. Hablo de los otros. De ciertos impúdicos polivalentes, útiles lo mismo para un cocido que para un estofado. De los trincones golfos que, entre lametones y lametones, viajes en aviones presidenciales y comidas en La Ancha -donde nunca pagan ellos la cuenta- ensañándose con el débil y adulando al poderoso, tienen los santos huevos de manipular y mentir como ratas, mientras se proclaman sin ningún rubor ecuánimes, equilibrados, vírgenes y honorables.

Y claro. Ahí los tienen a todos ellos de nuevo, cogidos a contrapelo e intentando recobrar el paso perdido. Yo no quería, me obligaron, sólo pasaba por allí. Como para echar la pota, oigan. El espectáculo. Pese a lo mucho que llevamos visto en este desgraciado país, todavía asombra el cinismo, la demagogia, el oportunismo con el que esa gentuza se cambia de bando -mi apuesta clara siempre fue Zapatero, la arrogancia del Pepé no podía terminar bien, etcétera- y se dispone a trincar, a costa de sus perspicaces análisis, también durante los próximos cuatro años. ¿Y saben qué les digo? Que ahí estarán: en las mismas tertulias, en las mismas radios, en las mismas teles y en las mismas columnas de los diarios. Diciendo sin despeinarse lo contrario de lo que decían hace un mes, como si los lectores y los oyentes y los teleespectadores fuésemos gilipollas. Que lo somos. A fin de cuentas, mande quien mande, quienes tienen el poder siempre necesitan a los mismos.

Fuente: Patente de corso, la columna de Arturo Pérez-Reverte para XL Semanal

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