España en crisis: seis mentiras peligrosas

Por Juan Ramón Rallo

La presente crisis de deuda está dando aire a opiniones para todos los gustos, desde las más sensatas a las más estrafalarias.

Entre las opiniones estrafalarias encontramos no sólo las de los palmeros del Gobierno, más que dispuestos a seguir apoyando al socialismo manirroto –a ver si algún día cae alguna carterita ministerial o, cuando menos, alguna regalía–; también están ahí las de aquellos que no tienen una filiación política clara pero que, por obra y gracia de la prima de riesgo, ven peligrar su modo de vida y no dejan de repetir tonterías.

Sin entrar en demasiados detalles, no está de más que refutemos algunas majaderías y dejemos algunas cosas claras.

“Es un ataque coordinado de los mercados”

Que no… No seamos cazurros. Los mercados no atacan, se defienden de nuestra insolvencia. El pánico que estamos padeciendo está del todo justificado por el estado de nuestra economía. La banca francesa y la alemana están hasta arriba de deuda periférica: nada desean menos que una subida de los tipos de interés, cuyo único efecto sería reducir aún más el valor de mercado de sus activos.

Aquí no hay lobos con ganas de comerse a sí mismos. Lo que sucede es, simple y llanamente, que debemos una billonada no sólo a corto plazo, también a 10 o 30 años vista. ¿Alguien en su sano juicio puede asegurar que no tendremos el menor problema financiero en las próximas tres décadas? Yo, desde luego, no lo haría, y entiendo perfectamente que los inversores quieran cubrirse frente a unas pérdidas cada vez más probables. Es cierto que en algún momento puede reconducirse la situación, pero con un 20% de la mano obra viviendo del crédito extranjero recomendaría, como mínimo, la moderación del optimismo patrio.

“España no está tan mal: su deuda pública está por debajo de la media”

Sí; y su deuda privada está muy por encima… Para empezar, nuestra deuda exterior neta se sitúa en torno al 100% del PIB. Es decir, para saldar nuestros pasivos externos tendríamos que pasarnos un año sin comprar un solo bien de consumo o de capital y regalárselos –todos– a nuestros acreedores extranjeros.

Es cierto que podemos ir repagando poco a poco, año a año, nuestra deuda, pero para ello es necesario que exportemos más de lo que importamos, y no lo estamos haciendo. De momento, seguimos acumulando cada año déficits exteriores del 5% del PIB, algo así como la mitad del gasto anual en pensiones. Las cosas pueden cambiar, sí, pero a corto plazo no lo harán, pues no hemos procedido a adaptarnos a la producción de otros bienes, y eso lleva su tiempo (a menos que optemos por la alternativa sucia de salirnos del euro y devaluar para que nuestros acreedores se queden con cara de tontos). Es decir, nuestra deuda exterior seguirá subiendo y nuestro margen para repagar, cayendo.

Esas terroríficas cifras sólo se refieren a nuestros pasivos exteriores; si miramos los totales, nos vamos a más del 350% del PIB. Muchos economistas creen que los únicos relevantes son los exteriores, pues los internos “nos los debemos a nosotros mismos”. Craso error. Del mismo modo que sería catastrófico para un país que su producción interna de alimentos se interrumpiera (aun cuando no vendiera al extranjero), también lo sería que impagara selectivamente a sus acreedores internos. Los ahorros arduamente acumulados de familias y empresas se evaporarían en un instante, en un proceso de expropiación encubierta. La desestructuración económica sería de tal calibre, que nuestra producción interna –y nuestro nivel de vida– sufriría una caída en picado.

“Esto se arreglaría con una actuación conjunta europea”

No sé muy bien qué significa eso, salvo que Zapatero no quiere tomar las medidas que debe para afianzar la credibilidad del país. Se me ocurre que lo más inmediato sería crear un eurobono, que permitiera a España seguir viviendo por encima de sus posibilidades; pero no con cargo a su pobre y deteriorado crédito, sino al del contribuyente alemán. A España le vendría de lujo, claro: comprar sin pagar. Lo que no tengo tan claro es que los teutones aceptasen pagar tal fiestorro. En todo caso, espero que no lo hagan.

Si descartamos el eurobono, sólo se me ocurren tres alternativas, muy predicadas estos días: la prohibición conjunta de las ventas al descubierto, la creación de una agencia europea de rating y la monetización de la deuda periférica por parte del BCE.

– “Esto se arreglaría prohibiendo las ventas al descubierto”

Las ventas al descubierto no tienen prácticamente nada que ver con lo que estamos viviendo. Es cierto que quienes venden unos títulos de deuda que no poseen están contribuyendo a reducir el precio de los mismos, pero si los fundamentos de la economía fueran buenos… esos títulos encontrarían rápidamente compradores. El hecho de que nadie los esté comprando en suficiente cantidad como para estabilizar los tipos de interés sólo indica que la perspectiva negativa tiene mucho más peso que la positiva. Por tanto, los inversores bajistas sólo están contribuyendo a acelerar que los precios se coloquen allí donde la percepción mayoritaria de los prestamistas considera que deberían estar.

En Italia se han prohibido las ventas al descubierto sobre las acciones de los bancos locales, pero eso no ha impedido que sus cotizaciones hayan caído más de un 10%.

– “Esto se arreglaría creando una agencia pública de rating

Las agencias de rating ya muestran una enorme complicidad con los Estados. No por casualidad son éstos quienes, al convertirlas en un oligopolio privado, les proporcionaron las fuentes de su negocio. Dicho de otra manera: si por algo se caracterizan estas agencias de calificación es por tender a inflar el rating de las deudas soberanas (en el caso de España, la pérfida Moody’s lleva tiempo dándonos un trato de favor en contra de las percepciones del mercado). Entiendo que muchas personas puedan creer que las notas que emiten están manipuladas o equivocadas, pero nadie les obliga a hacerles caso. Si quieren comprar deuda recién degradada y que por tanto cotice a un precio ventajoso, pueden hacerlo sin restricciones. Los bancos y demás instituciones financieras, en cambio, están obligados por regulaciones como Basilea II a poseer un patrimonio neto acorde con el riesgo de sus activos, y el riesgo de esos activos se equipara con la calificación otorgada por las agencias de rating.

La solución sería bastante sencilla: abrir a la competencia el mercado de las agencias de calificación y que el Estado deje de regular a las instituciones financieras. Así, estas agencias se convertirían en meras y prescindibles consultorías o casas de análisis. Pero no, el socialismo no puede aflojar las hiperregulaciones que padecemos, de modo que ha de dar una vuelta de tuerca a las intervenciones: si no nos gustan las notas que nos dan, creemos nuestra propia agencia de calificación para engañarnos a nosotros mismos. El mal estudiante poniéndose la nota del examen; ver para creer.

En cualquier caso, si creáramos una agencia de calificación pública, su credibilidad sería tan baja –en tanto en cuanto su pecado original sería el nacer única y exclusivamente para inflar las notas según la conveniencia de los políticos–, que nadie le haría el más mínimo caso. Ya sabemos cómo se las gastan los políticos en momentos de tribulación: no paran de mentir. El Principio Juncker en toda su esencia: “Cuando las cosas se ponen serias, tienes que mentir”. Pues, ea, agencia de rating pública al canto.

Los únicos beneficiados, por cierto, serían los bancos, cuyos activos siempre tendrían, especialmente en momentos de dificultades, una nota de Triple A. Tanto tiempo diciendo que tenemos que obligarles a estar adecuadamente capitalizados para luego permitirles que se engañen y que nos engañen.

– “Esto se arreglaría si el Banco Central Europeo comprara toda la deuda de los periféricos”

La última ocurrencia es la que este martes puso en práctica Trichet: comprar/monetizar deuda periférica. La operación tiene numerosos riesgos y escasas virtudes. Empecemos por las (pocas) virtudes: los Piigs reciben respiración asistida, la presión sobre sus tipos de interés se relaja y pueden seguir vendiendo deuda a través de la dilución del valor del euro. Ahora bien, ¿para qué les regalamos el tiempo? No parece que para que terminen de ejecutar sus planes de ajuste, sino más bien para todo lo contrario: para que los gobiernos puedan seguir acumulando déficits hasta el próximo estallido de los tipos de interés. Es decir, su principal virtud, a la luz de la actitud de nuestros políticos, es también uno de sus principales defectos.

Pero tal vez no el principal. El BCE está prestando a tipos de interés artificialmente bajos a unos países que no encuentran financiación en el mercado salvo a tasas disparatadas. Es decir, el BCE, que debería ser la institución más líquida del sistema financiero, se está llenando de basura. Luego pasa lo que pasa: por ejemplo, que tiene 70.000 millones de deuda griega y que se tendrá que comer una quita de entre el 30% y el 50%, lo que puede que le aboque a una previsible quiebra.

Esto de monetizar deuda no es más que una huida hacia delante; una huida que, sin embargo, y en contra de lo que se dice, no supone doblegar a los especuladores, sino todo lo contrario. Es cierto que quienes hayan vendido al descubierto pueden verse forzados a cubrir sus posiciones con pérdidas. Pero también es verdad que quienes se han negado a comprar deuda soberana a la espera de que sus tipos de interés aumentaran –y por tanto han sido cooperadores necesarios de los vendedores al descubierto– han recibido un inmerecido premio. Al cabo, cuando el BCE ha monetizado deuda, los tipos de interés han vuelto a caer, de modo que los especuladores que han esperado a comprar la deuda en su punto más alto habrán obtenido una importante tajada. Así es normal que pase lo que pase: si sabemos que las subidas de tipos están capadas por arriba, sólo es necesario dejar que los tipos se disparen… a la espera de que el BCE empiece a monetizarlo todo.

Conclusión

Dejémonos de zarandajas. El problema de fondo no es que nos odien los pérfidos alemanes o los malvados franceses, sino que debemos muchísimo dinero y que tenemos una tasa de paro del 20%. Sí, del 20%. Un quinto de nuestra población laboral vive del crédito extranjero. ¿Qué perspectiva hay de que esto cambie? De momento, ninguna, y si añadimos a la ecuación que Grecia va a quebrar (y por tanto a descapitalizar a nuestros prestamistas), que Portugal e Irlanda podrían seguir el mismo camino, que no se conoce el volumen real de nuestra deuda pública y que Italia también se tambalea, ¿a alguien le extraña que estemos como estamos?

No echemos más balones fuera y asumamos nuestras culpas: el país no puede seguir así. Si la izquierda prefiere la quiebra a renunciar a sus dogmas (necesitamos menos gasto, menos impuestos y menos regulaciones), que lo diga a las claras, pero al menos que no insulte a quienes nos siguen prestando. ¿Se imaginan que una familia morosa vaya a incendiar la sucursal bancaria, a ver si así ve mejorada su credibilidad ante el director de la oficina y consiente en renovarle el crédito? Vaya papelón que estamos haciendo como país, por culpa de nuestros ignorantes políticos, de sus iluminados defensores y de sus apesebrados comunicadores.

 

JUAN RAMÓN RALLO, jefe de Opinión de LIBERTAD DIGITAL.

Fuente:  Libertad Digital

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