Archivo mensual: marzo 2012

Sindicatos y políticos: una vergüenza

Permítanme por una vez, iniciar el análisis sobre el actual sindicalismo depredador con una vivencia personal que ilustra cómo la izquierda española, la más cutre y radical de Europa, trata de utilizar la buena voluntad de la clase obrera para conseguir por la fuerza lo que no ha conseguido en las urnas.

De sindicalistas verticales a depredadores de fondos públicos

Marcelino Camacho

El sindicalismo en España nació del anarquismo, en Andalucía y Cataluña básicamente. Mucho más tarde apareció UGT. Antes de la Guerra Civil, la CNT anarquista era el sindicato ampliamente dominante, con casi un millón de afiliados; la UGT socialista era seis veces más pequeña. Durante la guerra, los líderes anarquistas fueron exterminados por las milicias comunistas. Después de la guerra, el socialismo y UGT pasaron “35 años de vacaciones”, una acertada frase de Ramón Tamames. Solo los comunistas mantuvieron la oposición a Franco. A partir de los años 60, Marcelino Camacho, un comunista convencido, no demasiado inteligente pero honrado, valiente  y hombre de palabra, copió una idea de un falangista llamado Maeztu (no confundir con el intelectual Ramiro) que propugnaba la creación de comisiones obreras. Con la UGT desaparecida, los comunistas se infiltran en los sindicatos verticales, donde su organización sindical CCOO llegaría a tener un papel preponderante.

Representando a menos del 10% de los trabajadores, su exclusividad en la negociación en los convenios colectivos les da una representación y una importancia social de la que en realidad carecen.

A la muerte de Franco, con la implantación no de la democracia, sino de una monarquía oligárquica despilfarradora y corrupta -PP, PSOE y nacionalistas- que se repartiría el país como si fuera un solar a través del sistema autonómico, reaparece una UGT, con gente poco preparada, al contrario que CCOO, que tenía gente con experiencia y formada en los sindicatos verticales. CCOO era un gigante y el partido comunista, un pigmeo. Ante tal diferencia, Marcelino Camacho pone como una vela a Carrillo y mantiene una cierta independencia. Pero aquello no duró. Carrillo, a través de sus peones, le quitó el poder de facto, y Marcelino, un sindicalista de acero que nunca dejó de ser comunista pero que se mantuvo ajeno a las intrigas del aparato, acabó sucumbiendo.   

UGT, resucitada de la mano del PSOE, no es más que una correa de transmisión de éste. Al contrario que CCOO. A partir de finales de los 80, los líderes genuinamente obreros del sindicalismo, Marcelino Camacho y Nicolás Redondofueron desapareciendo de escena para ser sustituidos por burócratas intrigantes que jamás han trabajado y que abandonan descaradamente su razón de ser: la protección de los trabajadores. En vez de eso, se convirtieron en depredadores cada vez más codiciosos tanto de fondos públicos como de los propios trabajadores. Su dependencia de los partidos se difuminó; solo se mantuvo como fuente de prebendas y de depredación de dinero público. Desde entonces, la clase trabajadora les importa un pimiento. El incremento del paro constituye para ellos un maná del cielo, más parados suponen ríos de dinero público y ellos son los principales beneficiarios. También, al contrario que en el pasado, se lo reparten a pachas con los empresarios.

Mendez y Toxo, dos rostros de la vergüenza

En conjunto, UGT y CCOO se embolsan anualmente de unos 8.000 millones de euros entre el Estado, las autonomías, el expolio directo a los trabajadores y las exenciones de impuestos. Esta es la principal razón de la huelga general, ya que la reforma laboral pone en riesgo cierto esa cantidad, la segunda, tan importante como la primera. Representando a menos del 10% de los trabajadores, su exclusividad en la negociación en los convenios colectivos les da una representación y una importancia social de la que en realidad carecen totalmente. Hasta el punto que sus últimas “manifestaciones” han sido un fracaso de tal calibre, que ni siquiera han conseguido la asistencia de la totalidad de sus liberados, que viven como rajás sin dar un palo al agua gracias a su condición.

El único objetivo: volver al sillón blanco a renovar sus prebendas

La subvención directa del Gobierno es de 7 millones de euros, el chocolate del loro, pero después, como tienen una federación por CCAA cada una con once secciones dividas por actividad, al final tienen (11×17) 187 organizaciones que a su vez reciben subvenciones de cada CCAA, cifras que ambas sindicatos mantienen secretas. Los dos sindicatos reciben también subvenciones para todo tipo de actividades: cooperación internacional, ideología de género, memoria histórica y otros temas peregrinos. Y luego está el “y tiro porque me toca”, que consiste en que los líderes socialistas autonómicos les dan periódicamente cantidades enormes sin razón ni justificación  alguna. UGT y CCOO son unos profesionales de la depredación de fondos públicos.

Luego tenemos la gestión en exclusiva de los cursos de formación, un regalo de Zapatero, por los que recibieron más de 3.000 millones euros en 2011. Después vienen los EREs, por cuya gestión cobran una media del 8 % de la indemnización a cada trabajador, y que en 2011 ascendieron a unos 400 millones de euros. Finalmente, están las exenciones de impuestos que suponen, entre impuestos sobre beneficios e IBIs sobre su gigantesco patrimonio inmobiliario, casi 3.000 millones. UGT y CCOO jamás han permitido ser auditados y los gobiernos no han tenido lo que hay que tener para imponerlo, como era su deber.

El objetivo real de la huelga general es claro: volver al sillón blanco de La Moncloa, que consideran su sitio, y restaurar íntegramente sus prebendas. Y como la huelga será un fracaso, el acto clave  será la manifestación post huelga, el gran show ante los medios, y para cuyo éxito están poniendo toda la carne en el asador. Creo que el Gobierno no cederá, porque ya no puede hacerlo. Las cifras de enero son terroríficas: el déficit del Estado se ha doblado, los ingresos caído un 14,6% y el gasto público aumentado un 40,3%. Bajar el déficit al 5,3, 5,8 o 6,5% es una quimera, y lo peor es que en solo 19 meses tendrán que reducirlo al 3%, lo que implica un recorte de 60.000 millones si los ingresos fiscales se mantienen; y a 80 o 90.000 si no lo hacen. Esto ya no lo salva, como en agosto, ni San BCE. No pueden hacer concesión alguna, ni en la reforma laboral, ni dar un euro más a la banca o a los nacionalistas, ante quienes no paran de claudicar. Las CCAA no se sostienen. Rajoy, que después de trabajar seis horas el miércoles se confesaría agotado el pobre, está literalmente contra las cuerdas.

(texto que circula por internet)

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Nacho Escolar: reportero de la huelga

Reportero “de lujo”.

"

Pues si, chavalote.  Madrid estaba atestado de manifestantes y tú no podías ni caminar por el Parque del Retiro.

Qué morro tienen estos progres….

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¿Tienes derecho?

¿Tienes derecho a la salud?
¿Tienes derecho a la educación ?
¿Tienes derecho a una jubilación digna?
¿Tienes derecho a vacaciones pagas?
¿Tienes derecho a una vivienda digna?

Si has contestado que si a alguna de estas preguntas, pregúntate a continuación :

¿Quién tiene la obligación de proveerte todos esos servicios?

¿Quién tiene la obligación de pagar por ellos?

¿Por qué?

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29-M: La casta vs. el pueblo

Parece que esta huelga al final va a ser la típica movilización de liberados sindicales, descerebrados pichones de Llamazares y la casta política izquierdotizada, en defensa de  sus privilegios, que son el seguir manipulando al pueblo con sus arengas, y seguir recibiendo subvenciones, coches oficiales, jubilaciones de privilegio, etc.  Y todo, “en nombre de la democracia”:

La Casta "progre" (PSOE e IU) se pliega a la huelga y abandona el pleno de la diputación de Granada.

El diputado de IU, el inefable Cayo Lara, repartiendo panfletos a la entrada del Congreso de los Diputados.

¿Liberados sindicales?

Y mientras tanto, el pueblo llano, aguantando piquetes, recortes de servicios e incomodidades varias, se va a currar:

Esta mañana en la Estación de Atocha, Cercanías

Estación de Metro, Nuevos Ministerios, esta mañana

Ni las macarradas, ni los ataques, ni los piquetes, lograrán parar el sentido común de la mayoría de los españoles.

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Miserable IU

Porque no sólo pasean su ignorancia, su resentimiento y su irresponsabilidad sin vergüenzas ni tapujos, sino que insisten en querer imponer sus recetas envenenadas a una sociedad que lleva décadas dándoles la espalda sistemáticamente.  Sólo les queda vender a precio de oro su puñado de votos a los impresentables del PSOE.

Miserables pancarteros.  De pacotilla.

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Robert Higgs explica lo que sucedió en Andalucía

El Estado de Bienestar neutraliza a los opositores al volverlos dependientes del gobierno

Desde épocas inmemoriales—de Etienne de la Boitie a David Hume a Ludwig von Mises—los analistas políticos han señalado que debido a que el número aquellos que conforman la elite gobernante representa sólo una pequeña fracción del número de las masas gobernadas, todo régimen vive o perece de conformidad con la “opinión pública”.

A menos que la masa del pueblo, no importa cuán objetivamente abusada y saqueada pueda parecer, considere que los actuales gobernantes son legítimos, las masas no tolerarán la continuación del régimen en el poder. Ni es necesario que lo toleren, porque son mucho más numerosos que los gobernantes, y por lo tanto cada vez que subjetivamente se sientan hastiados, tienen el poder—es decir, la abrumadora ventaja de la superioridad numérica—para derrocar al régimen. Incluso si el régimen posee una gran ventaja de poder coercitivo, su empleo no le sirve de nada a los gobernantes si tienen que matar o encarcelar al 90 por ciento de la población, debido a que dicha violencia masiva los reducirá al estatus de parásitos sin nadie de quien depender.

Esta consideración durante mucho tiempo pareció tener sentido como un elemento crítico del análisis político, y aún hoy uno la encuentra a menudo. Algo parecido a lo que parece motivar al actual movimiento Occupy Wall Street y sus derivados en otros lares cuando se presentan a sí mismos como miembros del (explotado) 99 por ciento, en oposición al (explotador) 1 por ciento.

Ciertas tendencias de larga data en el Estado de Bienestar, sin embargo, han debilitado progresivamente la fuerza de este análisis. El elemento principal de estas tendencias es el tremendo crecimiento del número de personas (y de su proporción en la población) que dependen directamente de los beneficios gubernamentales en un grado sustancial. Investigadores de la Fundación Heritage han estado siguiendo este desarrollo durante varios años y han retrotraído su análisis por varias décadas. Un índice de dependencia basado en esta investigación se incrementa de 19 en el año fiscal 1962 a 272 en el año fiscal 2009.

El índice de Heritage emplea información sobre casi tres docenas de programas federales importantes de los que los estadounidenses dependen para ingresos en efectivo y otro tipo de apoyo—incluyendo la asistencia para la vivienda, el Medicaid, el Medicare, el Seguro Social, los beneficios del seguro de desempleo, los beneficios educativos, y los apoyos a los ingresos agrícolas—pero escasamente es una medida integral, ya que el número total de programas federales con personas a cargo es gigantesco en la actualidad. Por supuesto, cada uno de dichos programas cuenta con empleados y contratistas del gobierno que lo dirigen y por lo tanto dependen de él para ganar gran parte, si no todo, de sus ingresos. Los jubilados civiles y militares del gobierno añaden millones más a las filas.

Los investigadores de Heritage encontraron que en 1962, 21,7 millones de personas dependían de los programas de beneficios que incluyeron en su índice. Para 2009, el número correspondiente de las personas dependientes había crecido a 64,3 millones. La adición de dependientes no incluidos en el estudio de Heritage fácilmente podría incrementar el número a más de 100 millones, o más de un tercio de toda la población. Por lo tanto, los parásitos están cada vez más cerca de superar en número a aquellos de quienes dependen.

Sería un error, por supuesto, agrupar a todas estas personas dependientes en la clase (explotadora) gobernante. Los beneficiarios de edad avanzada de las pensiones por vejez, los beneficiarios de las prestaciones del seguro por desempleo, y los beneficiarios de la asistencia temporal para familias necesitadas están, por lo general, tan alejados de la clase gobernante como puede estarlo uno.

Sin embargo, en la medida en que aquellos que dependen de los programas gubernamentales para una parte sustancial de sus ingresos entran en el cálculo de los que gobiernan y son gobernados, es probable que se tornen, en efecto, insignificantes. Tienen aproximadamente cero influencia sobre los verdaderos gobernantes, y tampoco ejercen virtualmente peso alguno en oposición a aquellos gobernantes. El miedo de perder sus beneficios del gobierno los neutraliza eficazmente en lo atinente a su oposición al régimen de cuya aparente beneficencia dependen para elementos significativos de su ingreso real. Por supuesto, para cualquier cosa que votar pueda valer la pena, ellos votan directamente o indirectamente en proporción abrumadora por la continuación y la ampliación presupuestaria de los programas gubernamentales de los cuales dependen. Por lo tanto, ayudan a producir una aparente legitimidad de aquellos en la cima de la jerarquía gobernante—una muestra de su agradecimiento por las migajas que sus amos políticos arrojaron sobre ellos.

A medida que las filas de aquellos que dependen del Estado de Bienestar siguen creciendo, la necesidad de los gobernantes de prestar atención a la población gobernada disminuye. Los amos saben muy bien que las ovejas no atrancan el recinto en el cual los pastores están haciendo posible que ellas puedan sobrevivir. Toda persona que se torna dependiente del Estado simultáneamente se convierte en una persona menos que podría actuar de alguna manera para oponerse al régimen existente. Por lo tanto, los gobiernos modernos ha ido mucho más allá del pan y el circo con los que los césares romanos compraban la lealtad de la gente común. En estas circunstancias, no resulta sorprendente que los únicos cambios que se producen en la composición de la élite gobernante se asemejan a un reacomodamiento de los ocupantes de los camarotes de primera clase de un crucero de lujo. No importa que este crucero sea el equivalente económico y moral del Titanic y que su destino final no sea más propicio que lo que fue el del navío “insumergible” que se fue a pique hace un siglo.

Traducido por Gabriel Gasave para “El Independiente

 

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El experimento de Milgram

Fue alrededor de 1550, de acuerdo con las cifras habituales (unos 14 años antes del nacimiento de Shakespeare, unos 80 años antes del nacimiento de John Locke, unos 135 años antes del nacimiento de Bach), cuando un joven francés llamado Etienne de La Boetie, un joven de la edad que hoy calificaríamos como universitaria, de unos 20 años, planteó lo que Murray Rothbard describe posteriormente como “el problema central de la filosofía política”: el misterio de la obediencia civil. ¿Por qué la gente, en todo tiempo y lugar, obedece las órdenes del gobierno, que siempre constituye una pequeña minoría de la sociedad?

La Boetie, escribió Rothbard, veía que

toda tiranía debe necesariamente basarse en la aceptación popular general. En suma, la propia mayoría del pueblo, por alguna razón, acepta su propia sujeción. Si éste no fuera el caso, ninguna tiranía, ni de hecho ningún gobierno, podría durar mucho. Por tanto, un gobierno no tiene que haber sido elegido popularmente, pues el apoyo público general está en la misma naturaleza de todos los gobiernos duraderos, incluyendo las más opresivas de las tiranías. El tirano no es sino una persona y escasamente obtendría la obediencia de otra persona, mucho menos de un país entero, si la mayoría de los súbditos no le otorgan su obediencia por su propio consentimiento.

Por tanto, éste se convierte para La Boetie en el problema central de la teoría política: ¿Por qué el pueblo consiente su propia esclavitud?

Rothbard escribió este pasaje como parte de un largo y extremadamente interesante prólogo a una nueva edición del ensayo de juventud de Etienne de La Boetie sobre filosofía política. Esta nueva edición (que presentaba una traducción estadounidense moderna originalmente hecha en la década de 1940) se publicó en 1975 bajo el títuloThe Politics of Obedience: The Discourse of Voluntary Servitude. Ese mismo año, 1975, se publicó una edición rival del pequeño libro de La Boetie por parte de otro pequeño editor académico, en este caso presentando una traducción británica del siglo XVIII con el texto en francés del siglo XVI en las páginas impares. Esta edición rival se publicó bajo el título The Will to Bondage y mostraba un prólogo no tan largo pero tremendamente interesante del historiador libertario y editor James J. Martin.

Martin pensaba que sabía la respuesta a la pregunta que había dejado tan perplejo a La Boetie y ahora a Rothbard: ¿Por qué el pueblo, siempre y en todas partes, obedece las órdenes del gobierno, acepta su propia sujeción, consiente su propia esclavitud? La respuesta de Martin es que nace así. Podríamos preguntarnos, escribía, si “en el fondo todas las convicciones políticas, éticas y filosóficas” podrían no “deberse al temperamento personal y no poderse explicar por la razón”. Esta hipótesis, mantenía, “es de importancia crítica para una visión separada de este asunto de la tiranía, su persistencia y sus oponentes”. Pues

el temperamento se refiere a la genética, no a la propaganda, la educación, la persuasión psíquica o la intimidación y a una serie de fenómenos relacionados. Sigue sin probarse que haya habido alguna vez un caso de una persona temperamentalmente partidario de la tiranía que haya sido “convertido” a la tendencia opuesta o viceversa, mediante algún mecanismo conocido de arte de persuasión.

En el momento en que escribía esto, Martin había estado más de 20 años enseñando en institutos y universidades. Y su razonada opinión era que las escuelas, en particular, no persuadían a nadie de nada. “Tienen mucho éxito”, escribía, “en afianzar el sentimiento que ya existe en la gente que procesan, aunque puedan desarrollar adversarios despertando reacciones contradictorias entre quienes son temperamentalmente hostiles a lo que se ven expuestos”. Por eso “los miembros de creencias libertarias siguen estando aproximadamente en los mismos niveles año tras año en relación con el total de la comunidad, a pesar de los intentos más asombrosos en literatura, comunicación y acción para que aumenten”. La cruda realidad, insistía Martin, es que “quienes ansían las comodidades y seguridad de la subordinación superan a los ‘espíritus libres’ y no hay evidencia creíble de que esta relación vaya a cambiar ahora o en algún momento en el futuro en algún grado apreciable”.
Ésa era la postura de James J. Martin sobre los orígenes de la política de la obediencia, la voluntad de esclavitud, la voluntad de servidumbre voluntaria. Sin embargo había otras opiniones. Como sugiere la aparición simultánea en 1975 de traducciones en competencia del ensayo de filosofía política de Etienne de La Boetie, la década de 1970 fue un tiempo en que esas ideas estaban “en el aire”, un tiempo en que mucha gente se sentía atraída a considerar y discutir esas ideas.

Consideremos el caso de Stanley Milgram, el psicólogo social de la Universidad de la Ciudad de Nueva York cuyo libro Obediencia a la autoridad fue publicado en 1974. El libro era un resumen y reflexiones de Milgram sobre una serie de experimentos que había venido realizando desde 1961, cuando era un recién doctorado de Harvard en el segundo año de su primera asignación enseñante, como profesor asistente de psicología en Yale. Milgran pidió voluntarios que estuvieran dispuestos a participar en un experimento psicológico a cambio de una pequeña paga. “Cuatro dólares por una hora de tu tiempo”, de acuerdo con el anuncio reproducido en el libro de Milgram de 1974. Cuando los voluntarios llegaban al laboratorio de Milgram, se les decía que iban a participar en un estudio de cómo la memoria y el aprendizaje se veían afectados por el castigo.

Se les dijo que en el experimento desempeñarían el papel de un “maestro”. Cada uno de ellos se emparejaba con otro voluntario que hacía el papel de un “alumno”. Las reglas eran sencillas. El alumno estaba atado a una silla por un “investigador” con bata blanca y conectado a electrodos. En un cuarto adyacente, con una ventana a través de la cual el maestro y el investigador podían ver y mantener contacto visual con el alumno, el maestro leía ante al micrófono una lista de palabras agrupadas por pares. La voz del maestro era audible por el alumno mediante altavoces en las paredes del cuarto adyacente. De forma similar, la voz del alumno era oída por el maestro y el investigador a través de altavoces en las paredes de su lado del cristal.

Si el alumno repetía las parejas de palabras en el orden correcto, el experimento continuaría. Si el alumno cometía un error, el maestro administraría una descarga eléctrica al alumno por control remoto, presionando un botón en una consola de control. Cada descarga eléctrica administrada sería más fuerte que la anterior.

En algún momento, los “maestros” voluntarios descubrían que los “alumnos” voluntarios empezaban a mostrar incomodidad, luego una creciente evidencia de sentir un dolor serio cuando se administraban las descargas. No tomaba mucho tiempo hasta que los alumnos empezaban a pedir, luego a rogar, que les dejaran abandonar el experimento. Poco después empezaban a forcejear intentando escapar de las sillas en las que el experimentador les había atado. Poco después los alumnos empezaban a pedir a los maestros que les ayudaran a escapar.

Y a medida que las descargas que los experimentadores ordenaban administrar a los maestros se hacían cada vez mayores, la consola desde la que los maestros administraban esas descargas empezaba a mostrar avisos de que los voltajes seleccionados eran peligrosamente altos. Aún así, a cualquier maestro que protestara ante los experimentadores o siquiera presentara objeciones acerca de cómo debería hacerse el experimento se le ordenaba severamente por parte de los experimentadores que continuara. Los experimentadores le decían que todo estaba bien.

Y, de hecho, todo estaba bien. Los alumnos no eran realmente voluntarios, sino actores. Realmente no estaban recibiendo ninguna descarga. Pero los maestros no lo sabían. Creían que estaban infligiendo un dolor espantoso y posiblemente peligroso para la vida de los alumnos. Y la mayoría de ellos lo seguía haciendo, a pesar de las luchas y protestas de sus víctimas. Sólo uno de los 40 primeros voluntarios de Milgram rechazó infligir  más descargas más allá de lo que su tablero de mandos le decía que eran 300 voltios. Pero en ese momento, según Milgram, la “respuesta [del alumno] sólo puede describirse como un lamento agonizante. Poco después, no hacía ningún sonido”.

Aún así, todos menos uno de los primeros 40 voluntarios continuaron administrando descargas. Dos tercios de ellos, siguieron administrándolas hasta lo que sus consolas les decían que eran 400 voltios, el voltaje más alto que podía producir el equipo, a pesar de que para entonces los alumnos ya no respondían y aparentemente estaban inconscientes o muertos.

El experimento de Milgram, por supuesto, no tenía nada que ver con la memoria, el aprendizaje y el castigo. En su lugar, como explicaba en 1974, era

un experimento simple. (…) para probar cuánto daño infligiría un ciudadano corriente simplemente porque se lo ordenaba un científico experimental. La cruda autoridad se enfrentaba a los más fuertes imperativos morales del sujeto en contra de dañar a otros y, con los oídos del sujeto llenos de quejidos de las víctimas, la autoridad ganaba más a menudo que no.

Aún así, en cualquier punto del procedimiento, todo lo que tenía que hacer cualquiera de los maestros era rechazar continuar. Todo lo que tenían que hacer era levantarse e irse del laboratorio. Se parece bastante a la situación que describe Etienne de La Boetie en su ensayo sobre la política de la obediencia. Como los gobernados siempre superan en número al gobernante, escribía La Boetie, los gobernados podían liberarse en cualquier momento, “simplemente deseando ser libres”.

Era realmente así de sencillo, escribía La Boetie. En sus palabras:

Resuelve no servir más y serás inmediatamente libre. No digo que levantes tu mano contra el tirano para derribarlo, sino simplemente que no le apoyes más; luego veras como, igual que un gran Coloso cuyo pedestal ha desaparecido, cae por su propio peso y se rompe en pedazos.

¿Hubiera caído el experimentador por su propio peso y se habría roto en pedazos en el laboratorio de Staley Milgram si los maestros lo hubieran abandonado? Como dijo el propio Milgram:

la reacción inicial del lector ante el experimento puede ser la de preguntarse por qué nadie en sus cabales (…) simplemente no rechazaría hacerlo y saldría del laboratorio. Pero el hecho es que ninguno lo hizo. Como el sujeto había venido al laboratorio a ayudar al experimentador, estaba bastante dispuesto a empezar con el procedimiento. No hay nada muy extraordinario en esto, particularmente porque la persona que va a recibir las descargas parece inicialmente cooperadora, aunque algo aprensiva. Lo que sorprende es lo lejos que llegan las personas corrientes en cumplir con las instrucciones del experimentador. De hecho, los resultados del experimento son a la vez sorprendentes y desalentadores. (…)

Muchos sujetos obedecerán al experimentador sin que importe lo vehemente que ruegue la persona que recibe la descarga, sin que importe lo dolorosas que parezcan las descargas y sin que importe cuánto rueguen la víctimas salir. Esto ha pasado una y otra vez en nuestros estudios y ha sido observado en varias universidades en las que se ha repetido el experimento. Es la voluntad extrema de los adultos de ir hasta donde haga falta en obedecer a una autoridad lo que constituye el principal descubrimiento del estudio y el hecho que requiere más urgentemente una explicación.

Milgram creía que había dos explicaciones para sus resultados. Yo las llamo la explicación psicológica y la explicación sociológica. La explicación psicológica es que bajo ciertas circunstancias el individuo ordinario a la vez está dispuesto y es capaz de “verse a sí mismo como el instrumento para realizar la voluntad de otra persona”, de forma que “no se considera por tanto responsable de sus acciones”. La explicación sociológica es que bajo ciertas circunstancias la mayoría de los individuos abandona cualquier intento de pensamiento independiente y simplemente se ajustan a lo que sienten que se espera de ellos: lo que han absorbido, principalmente sin advertirlo, de la cultura en la que han crecido y viven hoy.

¿Así que cuál es la solución a este problema de la autoridad, cómo podríamos calificarlo? Hay que decir en favor de Milgram que consideraba el libertarismo como una posibilidad. Pero lo rechazaba. “Parecería”, escribe, “que el argumento anarquista del desmantelamiento universal de las instituciones políticas es una solución poderosa al problema de la autoridad. Pero los problemas del anarquismo son igualmente insolubles”. Pues

mientras que la existencia de autoridad a veces lleva a la comisión de actos despiadados e inmorales, la ausencia de autoridad hace a uno víctima de esos actos por parte de otros mejor organizados. Si los Estados Unidos abandonaran todas las formas de autoridad política, el resultado estaría muy claro. Pronto nos convertiríamos en víctimas de nuestra propia desorganización, porque las sociedades mejor organizadas inmediatamente lo percibirían y actuarían sobre las oportunidades que crea esa debilidad.

Además, sería un exceso de simplificación presentar un cuadro de un individuo noble en una continua lucha contra la malévola autoridad. La verdad evidente es que (…) por cada individuo que realiza una acción violenta a causa de la autoridad hay otro individuo al que se le impide hacerlo.

La psicóloga social libertaria Sharon Presley estudió con Milgram para su doctorado en la Universidad de la Ciudad de Nueva York en la década de 170; dice que políticamente Milgram no era un libertario, sino “un demócrata liberal que estaba a favor de las libertades civiles”.

Sin embargo, al ir más allá en la idea clave de Etienne de la Boetie acerca de la política de la autoridad, la voluntad de esclavizarse y el deseo de abrazar la servidumbre voluntaria e idear un test ingenioso sobre su influencia en el individuo ordinario, Stanley Milgran hizo una importante contribución a la tradición libertaria.

[Este artículo está transcrito del podcast  Libertarian Tradition]
Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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