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El fraude contable de los antipapa

por Manuel Llamas

El agrio debate político y social que levantó la visita del Papa a Madrid con motivo de la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) se centró casi exclusivamente en el gasto público asociado a dicho acto. Los anticlericales aprovecharon la ocasión para enarbolar la bandera de la austeridad bajo el argumento de que el Estado es laico y, por tanto, no debe financiar un evento organizado por “una empresa privada llamada Iglesia Católica”.

Lo primero que llama la atención es la falta de consenso entre los convocantes de la manifestación antipapa del pasado 17 de agosto a la hora de estimar dicho coste. Así, mientras unos lo elevan a 100 millones de euros, otros lo rebajan a 50 e incluso algunos lo reducen a apenas 25 millones.

Sin embargo, más allá del baile de cifras, lo relevante aquí es la falta de criterio a la hora de elaborar dicho cálculo. No en vano, según explican los propios manifestantes, esta partida englobaría los gastos de seguridad y limpieza, la cesión gratuita de espacios y locales públicos para los actos relacionados con la visita, descuentos especiales en el transporte público para los asistentes y, sobre todo, las exenciones fiscales que disfrutan las empresas benefactoras de la JMJ. Y es que, al tratarse de un Acontecimiento de Especial Interés Público, las aportaciones privadas para financiar este acto gozarán de deducciones fiscales de entre el 45% y el 90%.

Se trata, simplemente, de una suma imposible desde el punto de vista contable. Los antipapa se han limitado a aglutinar partidas que nada tienen que ver unas con otras, de modo que no son equiparables. Confunden churras con merinas o, dicho de otro modo, la suma de dos pollos y dos manzanas no da como resultado cuatro naranjas, sino dos pollos y dos manzanas.

La base de todo balance contable se divide en “debe” (gastos) y “haber” (ingresos). Los grupos laicos, insertos en el movimiento 15-M, no dividen ambas categorías para estimar el coste de la visita papal, ya que contabilizan como gasto lo que es ingreso, y viceversa. El único gasto público, y por tanto computable al “debe”, es el concerniente al despliegue extra de servicios de seguridad y limpieza. Lo demás, el grueso del coste estipulado por los anticlericales, son partidas insertas en el “haber”, es decir, imputables a la casilla de ingresos públicos.

No se trata de una diferencia baladí, sino de una cuestión clave para determinar el impacto real de la JMJ en las cuentas públicas. La cesión gratuita de espacios, los descuentos en transporte y las desgravaciones fiscales de las empresas benefactoras, que aglutinan más del 80% del coste estimado por los manifestantes, no se pueden contabilizar como gasto público sino como ingreso, o más bien ausencia del mismo en este caso. El gasto público directo es el relativo a la seguridad y a la limpieza, de modo que los famosos 100 ó 50 millones estipulados son un simple fraude desde el punto de vista contable, único válido en este tipo de materias.

Un gasto extra que, por otro lado, ha sido ampliamente compensado por los ingresos fiscales derivados de la llegada de cerca de millón y medio de peregrinos a Madrid. La Cámara de Comercio de Madrid y de la Confederación de Empresarios de Madrid (CEIM) han estimado en unos 160 millones los beneficios que se han llevado los hoteles, el transporte privado y los comercios con motivo de la JMJ en apenas cuatro días. Beneficios de los cuales, cómo no, se deriva el pago de impuestos. De este modo, la visita papal no sólo no ha supuesto ningún tipo de dispendio público sino que ha resultado lucrativo para los intereses de las administraciones involucradas gracias al repunte de la actividad comercial en pleno mes de agosto.

Por último, y una vez aclarado este enorme error de bulto cometido por los anticristianos, cabe señalar la enorme hipocresía que subyace en la exigencia de austeridad cuando la izquierda defiende, siempre y en todo lugar, la expansión del gasto público y el crecimiento del Estado como remedio para todos los males. De hecho, ninguno de los convocantes ha lanzado crítica alguna contra las cuantiosas subvenciones (gasto directo) que perciben sindicatos, asociaciones de toda índole, fundaciones, empresas e incluso sectores enteros, como el de las energías renovables, por valor de miles de millones de euros cada año. En definitiva, un claro ejemplo de analfabetismo contable y enorme falsedad moral.

Manuel Llamas es jefe de Economía de Libertad Digital y miembro del Instituto Juan de Mariana.

Fuente:  Libre Mercado

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Las noticias del día

Creo que  1984 de George Orwell se ha quedado corto frente a lo que está sucediendo en España.

Desde la televisión pública nos cuentan que

– los israelíes bombardean Gaza, territorio de inocentes y pacíficos pobres palestinos que no han matado una mosca en su vida.  Y la atacan “porque les sale de las narices”.

– La Liga Árabe está preocupadísima por los palestinos que padecen estos bombardeos (aunque ni se inmutan ante el baño de sangre que está teniendo lugar en Siria, o en Libia).

– Los “indignados” han sido “agredidos” por la algarabía y los rezos de los jóvenes de la JMJ y brutalmente apaleados por “movimientos policiales repentinos”.

Que no te engañen los sentidos: la chica que se tapa los oídos y besa la cruz es una genocida, nazi, descerebrada y agresora del "pobre" hombre que está detrás. La expresión desencajada y violenta de su rostro es por el dolor que experimenta al ver a alguien rezando. Vamos...toda una tortura. Debería denunciarla al Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

Vamos, para flipar en colores….

Y para terminar esta sarta de insensateces… os dejo de regalo un post del blog de Shangay Lily (no olvidar las sales digestivas antes de leerlo).  Para descojonarse:  la Iglesia Católica “quemó vivos” a homosexuales y genios como Galileo e Hipatia…. Ya está faltando Amenábar para montarse una película sobre “los ardores de Galileo”…

Y algunas imágenes de los repugnantes que se “manifestaron” contra la Jornada Mundial de la Juventud.

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Los comecuras ya son comepapas

Excelente artículo de Pablo Molina para Libertad Digital.  Llamando a las cosas por su nombre.

 

Los comecuras ya son comepapas

Por Pablo Molina

Los llamados laicistas, en especial los más militantes, tienen una forma curiosa de enfocar las relaciones institucionales cuando hay dinero público en juego. Convencidos de ser el epítome de la asepsia doctrinaria, pretenden que el dinero de los contribuyentes sólo puede destinarse a aquellas actividades que ellos consideran legítimas, pues fuera de sus esquemas de pensamiento todo es sectarismo, atraso y opresión.

Los laicistas se han hecho mayores y en lugar de comer curas ahora prefieren incorporar a su dieta a los sumos pontífices, así que llevan ya unos días desgañitándose ante la sospecha de que un acto religioso en España con Benedicto XVI pueda consumir recursos públicos en tanto manifestación multitudinaria, pero en cambio ven muy bien que el estado financie con dinero del contribuyente cualquier acto callejero convocado por los grupos de presión patrocinados por la izquierda, a la que todos ellos pertenecen.

En Libre Mercado hay abundantes ejemplos de cómo reparten el dinero los progresistas, naturalmente entre ellos, porque una cosa es ser progre y otra lo que decía el felizmente depuesto alcalde de Getafe.

Así pues, su aparente celo por la racional utilización de los recursos públicos nunca les llevará a emitir la menor protesta por la riada de subvenciones que todo tipo de organizaciones laicas trincan anualmente del bolsillo del ciudadano, pero si un solo euro de esos fondos estatales va a parar a un sector de la sociedad civil que no comparte sus ideas, no tardarán en acusar al político en cuestión de estar vendido a los sectores más reaccionarios.

Los laicistas quieren que los niños sean adoctrinados desde pequeños en la ideología que ellos patrocinan, y con el mismo énfasis intentarán que los padres les cedan la competencia exclusiva y decidir cómo deben educarse las criaturas, y sin reparar en gastos, claro. Por eso, si alguno de esos padres decide que quiere que sus hijos conozcan la religión católica les dicen que es inaceptable que el estado patrocine esas enseñanzas.

Los que no comemos ni curas ni progres preferimos que el dinero público esté en el bolsillo de los ciudadanos, de donde sólo debería salir en casos muy justificados. No se trata de que el gobierno deje de financiar unas cuchipandas para destinar el dinero a organizaciones que defienden una idea de la vida radicalmente contraria, sino de erradicar la mefítica figura administrativa de la subvención. Que cada uno se pague lo suyo: eso sería, en el plano de la ética política, el único principio aceptable; pero como los progres son bastante roñosos, sus charlotadas dejarían de recibir financiación, al contrario de las instituciones que más odian, como la Iglesia Católica, que hasta en los peores momentos de la crisis no deja de recibir generosas aportaciones voluntarias.

Entendemos que eso joda bastante a los que se han apropiado de la capacidad de decidir qué se hace con el dinero de todos, de ahí que clamen al cielo, con perdón, cada vez que sospechan que un céntimo de las arcas públicas va a ir destinado a un asunto que ellos desprecian; pero la abstinencia subvencionadora de los gobiernos es la única terapia capaz de revertir la enfermedad social del trinque presupuestario, cuya extensión en el cuerpo social español ya ha adquirido dimensiones de pandemia.

Con la asistencia del Papa a la Jornada Mundial de la Juventud, los progres están operando bajo el esquema antes descrito, según el cual el dinero público no es de todos los contribuyentes sino de los que se han autoerigido en garantes de la ética ciudadana. O sea ellos. Es un paso adelante en la evolución zarrapastrosa del socialismo respecto al principio enunciado por la sabia egabrense, según el cual el dinero público no es de nadie. Al contrario, es solamente suyo. De los buenos.

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