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Algo huele mal en la justicia…

Una noticia alucinante:

Si una estúpida mujer se permite dilapidar los recursos del estado de este modo, y -peor aún- si un JUEZ se permite darle la razón a esta débil mental, creo que caben dos reflexiones:

1)  el descrédito del poder judicial es clamoroso y con estos jueces es comprensible que estemos como estamos

2) para tener un sistema judicial estatal que funcione como funciona este juez, es imperioso exigir la privatización de la justicia.  De seguro un sistema privado jamás consentiría semejante dislate.

Sucedió en  el Juzgado de Violencia de Género nº 1 de Valencia.

Todavía me pregunto si se hizo una “reconstrucción” del hecho.  ¿Habrá tenido que hincharse a fabada el “violento macho” menoscabador?  ¿Fueron protegidos los funcionarios judiciales y policiales con máscaras antigás? ¿Cuál será el próximo agravio? ¿Dejar los calzoncillos tirados en el baño? ¿Quemar la comida? ¿Olvidarse de alimentar al gato? ¿No saludar a la suegra?  ¿No ganar suficiente dinero?  ¿Cuál será la próxima barbaridad ideada por el atroz feminazismo que los politiqueros y jueces del absurdo harán realidad?

Y ahora en serio:  ¿Hasta dónde acusadoras, jueces y sociedad civil vamos a consentir que estas atrocidades se sigan cometiendo?  Y no me refiero precisamente al gas expulsado por el marido castigado, sino a esta aberración jurídica que es la condena.  No podemos darnos el lujo de consentir que con nuestro dinero se perpetren estos despropósitos que ni del Valle Inclán habría imaginado.  No podemos darnos el lujo de ser tan gilipollas.

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La mano de Astrea

Excelente artículo de José Carlos Rodríguez para Libertad Digital sobre  el “ex-juez estrella-do”.

La mano de Astrea

No hay juez estrella, sino casos estrella. ¿Cómo no va a ocupar portadas un juez que detiene terroristas y que investiga el terrorismo de Estado, que investiga las grandes tramas de la droga? Sí, yo llegué a pensar eso, pero ahí estaba Baltasar Garzón para desmentirme. Se enamoró de su personaje. Y no iba a dejarlo escapar. Ya no era sólo un juez. Era ya, en su delirio, la encarnación de la justicia. Una justicia que se le estaba quedando pequeña. La corrupción había anegado al Partido Socialista y las encuestas le daban ganador a José María Aznar. Él, sólo él, él solo, podía revertir la situación. Y se presentó como número dos del número uno de la política, Felipe González. ¿Qué ridículos planes no trazaría para sí en su deriva megalomaníaca? Pero un salto desde la sima socialista de la corrupción, ¿dónde pretendía llegar?

La cuestión es que González, ingrato con él o quizás demasiado generoso, le puso un cargo con rango de secretario de Estado, a años luz de las ambiciones de Garzón. Sería mucho decir que el resentimiento sin tasa ni medida que albergaba el juez hacia González pudo contaminar su imparcialidad en la investigación de los GAL, que retomó nada más volver a ponerse la toga. Aunque, quién sabe.

Garzón volvió a los juzgados. Pero todavía está por abandonar la política. Ahora su carrera iba a ser internacional ya que España, estaba claro, se le había quedado pequeña. Y se lanzó sobre Pinochet y sus crímenes. Podría tener o no jurisdicción sobre el caso, o sobre la política de Kissinger, o sobre la dictadura argentina pero ¿qué importancia pueden tener esas consideraciones frente a la misión que se había echado Garzón sobre sus amplias espaldas?

Hay un oscuro pliegue del alma humana que se ha manifestado en muchas ocasiones. Los justos, los más justos, los que se saben tocados por la mano de Astrea, llegan al convencimiento de que nada de lo que puedan hacer es contrario a la ética. Y así, Baltasar Garzón ideó un negocio redondo. Intercambió unas cartas dirigidas a Emilio Botín por dinero procedente del bolsillo del banquero. Garzón sabía perfectamente quién era Botín. Es más, sus representantes visitaban su propio juzgado por un quítame allá una querella que había presentado contra él un accionista.

Quizás entonces le entró miedo. Él sólo quería financiar unos cursos que iba a impartir en Nueva York, y necesitaba ese dinero. Pero ¿y si hubiese quien no entendiese que él, Baltasar Garzón, actúa siempre desde la justicia? En previsión de que alguien quisiera encontrar en esas cartas un rastro de prevaricación, ¿es mucho pensar que quisiese buscar apoyos más allá de la política? Él es un hombre de izquierdas, ¿no podría ganarse la confianza de los suyos? Abrió una investigación de los crímenes del franquismo. En realidad, nunca investigó nada, pero él sería ya el campeón de la revancha histórica de la izquierda. Y abrió una investigación de una trama de corrupción en el Partido Popular. Él, desde luego, llegaría hasta el final. Compadreó con el ministro socialista de Justicia. Interceptó las conversaciones de los abogados de los acusados, aplicándoles una ley antiterrorista. Pero él llegaría hasta el final. Con esa hoja de servicios, ¿sería mucho pedir que la izquierda le apoyase? ¿No quedaría la investigación por las cartas a Botín como parte de un complot judicial de la derecha? Va a resultar que con tanta vocación política, Baltasar Garzón ha acabado por conocer los mecanismos de la política.

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Apoyos a Baltasar Garzón

A tí, querido progre, que estás indignado con la condena a Baltasar Garzón.  A tí, que te hierve la sangre porque “ha ganado el franquismo”.  A tí, que sientes que han vuelto a fusilar a tu abuelo.   A tí, que estás pidiendo una revolución….a tí te pido que tengas los cojones para firmar esta carta de apoyo al ex-juez estrella por haber sido condenado por prevaricar.

Porque esta carta de apoyo es la única que dice la verdad:

DECLARACIÓN SOLEMNE DE APOYO A GARZÓN

Yo, ……………. (poner nombre aquí), ciudadano español, mayor de edad y con DNI………(poner DNI aquí), comparezco ante notario y manifiestso:

1)  Mi absoluta indignación por la condena de 11 años de inhabilitación que el Tribunal Supremo ha impuesto al juez Baltasar Garzón, por haber grabado las conversaciones entre abogados e imputados en el curso de la instrucción del caso Gürtel.

2) Aunque haya quien diga que la confidencialidad de las conversaciones abogado-cliente resulta imprescindible para garantizar el derecho de defensa; aunque las leyes establezcan que esa confidencialidad sólo puede violentarse en casos muy extremos (como por ejemplo en delitos de terrorismo) y aunque haya quien sostenga que el estado de derecho no puede subsistir si se viola arbitrariamente el derecho de defensa… YO CREO que D. Baltasar Garzón actuó correctamente, porque lo lógico es que el juez intervenga cuando le venga en gana las conversaciones que quiera, aunque la ley diga lo contrario.

3) Por tanto, y como muestra de coherencia, si en el futuro alguien me acusara de cometer algún delito, AUTORIZO EXPRESAMENTE a cualquier juez a grabar las conversaciones que yo mantenga con mis abogados, diga lo que diga la ley vigente.

En………… (poner aquí la ciudad), a …… (día) de ………(mes) de 2012.

Firmado: ……………………. (firmar aquí)

Es fácil, cortar y pegar, imprimir y firmar.

Camaradas, amgiuetes, vosotros los que criticáis la sentencia…. mientras no firméis esta carta, mientras sigáis conservando vuestros derechos intactos que os parece fenomenal que Garzón vulnere cuando se trata de políticos del PP, por favor no deis más la brasa.  Sed coherentes.  Si podéis.

(gracias, Luis del Pino).

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Para los que critican la sentencia a Baltasar Garzón (II)

Como parece ser que  les importa un pimiento la garantía de que las comunicaciones entre abogado y cliente son inviolables (siempre que se trate de acusados peperos, claro), y  siguen erre que erre pidiendo guillotinas para los jueces, sintiendo asco por la justicia, y gritando la “inocencia” de Garzón a 4 vientos… me gustaría preguntarles:

¿Si Garzón es “inocente” por haber ordenado escuchas ILEGALES…. Nixon también lo era?  ¿O es que la ley sólo se debe aplicar al “enemigo”, mientras que para “los nuestros” lo ilegal se convierte en imperativo legal?

Watergate = Garzongate

 

Y para la gente decente con estómago blindado, aquí os dejo los comentarios que los chekistas lectores de Público están haciendo sobre el tema.  No tienen desperdicio, son un desperdicio total.

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Condena por prevaricación de Baltasar Garzón

La justicia ha hablado.  Alto y claro.

 

Vía Almudena Negro:

STS 79/2012: condena por prevaricación de Baltasar Garzón

Lo relevante, en mi opinión, es que ha quedado preservada la confidencialidad entre abogado-cliente. También la unanimidad de la sala.

Me quedo con estos párrafos de la sentencia, que es demoledora:

La cuestión central que debe ser resuelta en esta causa se relaciona directamente con el contenido esencial del derecho fundamental a la defensa, que corresponde al imputado, frente al interés legítimo del Estado en la persecución de los delitos. Como luego se dirá, aunque es pertinente adelantarlo, el derecho de defensa es un elemento nuclear en la configuración del proceso penal del Estado de Derecho como un proceso con todas las garantías. No es posible construir un proceso justo si se elimina esencialmente el derecho de defensa, de forma que las posibles restricciones deben estar especialmente justificadas (…)

En un sistema democrático como el regulado en la Constitución española, el Poder judicial se legitima por la aplicación de la ley a la que está sujeto, y no por la simple imposición de sus potestades. De manera que el Estado de Derecho se vulnera cuando el juez, con el pretexto de aplicación de la ley, actúa solo su propia subjetividad concretada en una forma particular de entender la cuestión a resolver, y prescindiendo de todos los métodos de interpretación admisibles en derecho, acoge un significado irracional de la norma, sustituyendo así el imperio de la ley por un acto contrario de mero voluntarismo. La superación del simple positivismo, que pudiera conducir a actuaciones materialmente injustas, resulta de la Constitución y, especialmente, de sus normas sobre derechos fundamentales, que constituyen al tiempo una guía interpretativa y un límite infranqueable. (…)

2. El proceso penal del Estado de Derecho se estructura sobre la base del principio acusatorio y de la presunción de inocencia. Para que su desarrollo respete las exigencias de un proceso justo, o en términos del artículo 24.2 de la Constitución, de un proceso con todas las garantías, es necesario que el imputado conozca la acusación y pueda defenderse adecuadamente de la misma. De esta forma, el derecho de defensa, como derecho reconocido a cualquier imputado, resulta esencial, nuclear, en la configuración del proceso.

En este marco, los principios de contradicción e igualdad de armas y de prohibición de la indefensión, actúan, a través del derecho de defensa, como legitimadores de la jurisdicción, de manera que ésta solo podría operar en ejercicio del poder judicial dadas determinadas condiciones de garantía de los derechos de las partes, y especialmente del imputado(…)

En el artículo 24 aparece junto a otros derechos que, aunque
distintos e independientes entre sí, constituyen una batería de garantías orientadas a asegurar la eficacia real de uno de ellos: el derecho a un proceso con garantías, a un proceso equitativo, en términos del CEDH; en definitiva, a un proceso justo. De forma que la pretensión legítima del  Estado en cuanto a la persecución y sanción de las conductas delictivas, solo debe ser satisfecha dentro de los límites impuestos al ejercicio del poder por los derechos que corresponden a los ciudadanos en un Estado de derecho. Nadie discute seriamente en este marco que la búsqueda de la verdad, incluso suponiendo que se alcance, no justifica el empleo de cualquier medio. La justicia obtenida a cualquier precio termina no siendo Justicia. (…)

3. Directamente relacionados con la defensa y la asistencia letrada, aparecen otros aspectos esenciales para su efectividad. De un lado, la confianza en el letrado. El TC ha señalado (entre otras en STC 1560/2003)  que “la confianza que al asistido le inspiren las condiciones profesionales y humanas de su Letrado ocupa un lugar destacado en el ejercicio del derecho de asistencia letrada cuando se trata de la defensa de un acusado en un proceso penal”. En este sentido, STC 196/1987, la privación del
derecho a la designación de letrado, consecuencia de la incomunicación, solo puede aceptarse por el tiempo y con las exigencias previstas en la ley.

De otro, la confidencialidad de las relaciones entre el imputado y su letrado defensor, que naturalmente habrán de estar presididas por la confianza, resulta un elemento esencial (…) En la STEDH de 5 de octubre de 2006, caso Viola contra Italia (61), se decía que “…el derecho, para el acusado, de comunicar con su abogado sin ser oído por terceras personas figura entre las exigencias elementales del proceso equitativo en una sociedad democrática y deriva del artículo 6.3 c) del Convenio. Si un abogado no pudiese entrevistarse con su cliente sin tal vigilancia y recibir de él instrucciones confidenciales, su asistencia perdería mucha de su utilidad (Sentencia S. contra Suiza de 2 noviembre 1991, serie A núm. 220, pg. 16, ap. 48). La importancia de la confidencialidad de las entrevistas entre el acusado y sus abogados para los derechos de la defensa ha sido afirmada en varios textos internacionales, incluidos los textos europeos (…)

Es fácil entender que, si los responsables de la investigación conocen o pueden conocer el contenido de estas conversaciones, la defensa pierde la mayor parte de su posible eficacia (…)

Además, sufrirían reducciones muy sustanciales otros derechos relacionados. En primer lugar, el derecho a no declarar. La comunicación con el letrado defensor se desarrolla en la creencia de que está protegida por la confidencialidad, de manera que en ese marco es posible que el imputado, solo con finalidad de orientar su defensa, traslade al letrado aspectos de su conducta, hasta llegar incluso al reconocimiento del hecho, que puedan resultar relevantes en relación con la investigación. Es claro que el conocimiento de tales aspectos supone la obtención indebida de información inculpatoria por encima del derecho a guardar silencio.

Sentencia 79/2012 Garzón

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Cuando la “diosa” democracia “se equivoca”

Leído en HazteOir.org y para que reflexionemos un ratín sobre la “indiscutible” democracia y el poder omnímodo que le damos a una institución….manejada por hombres falibles.  Probablemente los más falibles de todos.

Por eso -y más que nunca- es necesario recortar, limitar y reducir al mínimo los poderes que otorgamos a esta institución -repito- manejada por hombres profundamente imperfectos.  Cada libertad que cedemos es un grillete que nos ponemos.

El caso Turing prueba que las leyes democráticas no siempre son justas

El castigo legal a un homosexual británico demuestra que la voluntad de la mayoría no convierte una norma en justa, aunque haya sido aprobada democráticamente.

REDACCION HO.- El gobierno del Reino Unido ha pedido perdón públicamente a uno de los matemáticos británicos más brillantes del pasado siglo, Alan Turing, al que se condenó por su homosexualidad en 1952.

Turing se declaró homosexual y, de acuerdo con una ley perfectamente legal y emanada de un estado rigurosamente democrático, fue condenado por “gran indecencia“.

A Turing se le concedió el dudoso honor de elegir la pena: podía escoger entre dos años de prisión o la administración de inyecciones de hormonas para reducir su impulso sexual. El matemático eligió la castración química.

A propósito del supuesto valor de las mayorías en la promulgación de determinadas leyes, señala José María Fernández-Cueto:

“Ningún ser humano es por sí mismo superior a otro. Ni vale el recurso a la suma de las voluntades de todos los ciudadanos. La suma de voluntades no cambia la naturaleza de las mismas. La historia de las democracias cuenta multitud de sinrazones impuestas a una minoría sensata, por voluntad de una mayoría, que en el dejarse arrastrar por la pretendida opinión pública demostraba bien que no lo era.” (José María Fernández-Cueto, Católicos, ¿por qué? Barcelona 1996)

 

No es preciso recurrir a ejemplos extremos, como la llegada al poder de Hitler, para poner en evidencia que la voluntad de la mayoría en las sociedades democráticas no tiene por qué coincidir con la decisión justa, ni mucho menos con la verdad de los hechos. El caso de Alan Turing, que hoy recoge ABC, es paradigmático en este sentido:

“El Gobierno británico ha pedido perdón por el trato «horroso», «completamente injusto» e «inhumano» dado al brillante matemático Alan Turing en los años 50 a raíz de su homosexualidad. Con una disculpa colgada en la página web de Downing Street, Gordon Brown respondía a la demanda de perdón solicitada por una campaña que han firmado 30.805 personas.

La campaña acusaba a las autoridades británicas de haber criminalizado y empujado a la muerte a Turing, uno de los padres de la ciencia de la computación. Precusor de la informática moderna, tuvo un papel decisivo en descifrar los códigos nazis, particularmente los de la máquina Enigma, ideó la «máquina de Turing», un modelo computacional, y a él se debe la «prueba de Turing» sobre inteligencia artificial.

«Sin su destacada contribución, la historia de la Guerra Mundial podría haber sido muy diferente. El deber de gratitud que merece hace todavía más horroso que fuera tratado tan inhumanamente», dice Brown, quien recuerda que Turing fue condenado en 1952 por «gran indecencia», al admitir relaciones homosexuales, y que «su sentencia -tuvo que elegir entre ella o la prisión- fue la castración química mediante una serie de inyecciones de hormonas femeninas». «Te pedimos perdón, te merecías algo mucho mejor», declara el texto de Downing Street.

Se da por sentado que el científico se suicidó, tal como constó en el veredicto oficial, aunque algunas hipótesis hablan de asesinato o suicidio forzado tras el que se encontrarían los servicios secretos, temorosos de que la homosexualidad de Turing fuera una debilidad susceptible de chantajes.

La increíble carrera de Turing quedó truncada en 1951, cuando a sus 39 años se encontraba en la madurez profesional. Para evitar la condena por un delito que normalmente estaba penado con dos años de cárcel, aceptó someterse a un tratamiento hormonal destinado a reducir la libido.

Se le prohibió viajar a Estados Unidos, lo que limitaba su actividad y proyección como científico, y su reputación se derrumbó por la publicidad que se dio al caso.”

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