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De verdad… ¿a quién le importa?

Si una señora madura que se niega a cumplir años decide hacerse una pajilla y filmarse?

¿A quién le importa si esta señora le pone los cuernos a su marido con un futbolista mucho menor?

¿A quién le importa si comienza a circular por todas partes este vídeo en cuestión, como circulan tantos otros?

Pues  sencillamente a nadie en su sano juicio.  El que quiera ver porno sólo tiene que hacer una búsqueda en Google o una visita al estanco o al sex-shop y comprar un DVD.  O una docena si le place.

Ahora bien:  si esta señora en cuestión es una concejala socialista de un pueblecito toledano y se le ocurre acusar al otro partido (en este caso el PP) de haber hecho circular el vídeo…. cuando en realidad todo apunta a que lo hizo su ex-amante (una relación conocida por todo su entorno)… la cosa si importa.  Cuando se pone en plan “víctima” lloriqueando que la Maricospe ni nadie del PP se han solidarizado con la pajillera-mentirosa…. pues si importa.

Importa porque MIENTE.  Importa porque imputa falsamente la comisión de un delito a otros con clara intencionalidad política.  Importa porque reclama “solidaridad” con sus guarrerías y mentiras.  Importa porque primero dimite (en un repentino acto de pudor) y luego -envalentonada por los apoyos recibidos (por su masturbación mediática, vaya país de impresentables) decide que se queda y retira su renuncia.  Donde dije “digo” digo “Diego”.

Eso es lo que vale la palabra de un político en España:  NADA.  Ni vergüenza, ni respeto, ni verdad ni pudor, ni palabra.

La casta -ante todo- a seguir trincando.  Que es lo suyo.

Y lo nuestro parece ser que es seguir pagando. Y aguantando.

Tontos.

A Olvido Hormigos le dedico su nombre… y si fuera la pitonisa Lola, también dos velas del color de su apellido.

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Adiós Camps!

Parece que costó convencer a Camps de que debía irse porque España no puede estar eligiendo entre corruptos y corruptitos.

Me alegro profundamente de que -aunque muy tardío y por presiones– se haya decidido a dimitir (¿a cambio de un cargo de “responsabilidad” en un futuro gobierno pepero?)

Lo triste:  que haya ensuciado una carrera política exitosa por unos trajes.  A saber qué habría detrás de esos trajes, aunque lo más probable es que sólo haya toneladas de estupidez.

Ahora a sentarse sobre un cojín de plumas y esperar que el PSOE haga lo mismo.  Si Camps renuncia por unos trajes… qué debería hacer Manolo Cháves o Barreda?  ¿Suicidarse?  No caerá esa breva (ni ninguna).  Los de la PSOETA tienen bula y morro para hacer lo que les sale de las narices, desde regalar millonadas (ajenas) a sus hijos, malversar la historia revolviendo el dolor con ánimo de lucro  y las arcas públicas, hasta despilfarrar el dinero y el futuro de los españoles hasta dejar un país en quiebra. Por no mencionar la abyección de pactar y proteger a asesinos terroristas…sin arrepentirse de nada!

Evidentemente, España no es país para ladrones de gallinas….

Camps ya no está.  Que les sirva de escarmiento a todos los demás.  Si van a robar, que no sean 3 trajes.  Como mínimo…. hay que robarle la esperanza (y la cartera) a 40 millones de españoles!

Adiós Camps!

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Hiperglobalización socialista

Por Juan Ramón Rallo

El Debate sobre el Estado de la Nación no ha dado para mucho, en esencia porque lo único que merecería nuestra atención, el anuncio de la dimisión de Zapatero y la consecuente convocatoria de elecciones anticipadas, no se ha producido. Después de tres desastrosos años, en los que ha abocado el país a la quiebra, no iba ZP a tomar la opción de salida menos indigna.

Por desgracia, el todavía presidente del Gobierno nos ha golpeado desde el hemiciclo con esos otros mensajes tan propios de la izquierda, de la que él, no lo olvidemos, ha formado y sigue formado parte. Ha dicho Zapatero que estamos experimentado una peligrosísima “hiperglobalización” de las finanzas mundiales, lo que, en última instancia, es el meollo de la crisis actual. La falta de una gobernanza de alcance planetario –es decir, de un Hiperestado que actúe a modo de policía para imponer tributos y reglamentaciones globales–, unido a la bravuconería de los tiburones capitalistas, explicaría la génesis de los préstamos de alto riesgo y de las burbujas internacionales.

El maniqueísmo es evidente: dado que los mercados deben estar sometidos a los Estados, si los primeros adquieren una naturaleza internacional, los segundos deberán engordar en igual medida para mantenerlos bajo control. Frente a un mercado grande, necesitamos un contrapeso público igualmente poderoso. La crisis actual lo demostraría.

La treta estatista es sobradamente conocida y se resume en esos dos sustantivos que componen el título de la imprescindible obra de Robert Higgs: Crisis y Leviatán. El Leviatán está especializado en provocar crisis, y las crisis constituyen el revulsivo para que el intervencionismo, el Leviatán, se expanda. El caso que nos ocupa no es distinto.

Los fenómenos económicos que Zapatero asocia con esa hiperglobalización –el crecimiento desproporcionado de los mercados financieros, del crédito y de los instrumentos derivados– son más bien una consecuencia de la injerencia estatista en los mercados financieros para obstaculizar el desarrollo libre y sano de la globalización. Al fin y al cabo, si en las últimas décadas el crédito ha podido explotar en cantidad y en baja calidad ha sido porque los bancos centrales abandonaron la disciplina que les imponía el oro, y gracias a ello pudieron sustentar y refinanciar a unos bancos privados acostumbrados a prestar a largo plazo más dinero del que reciben a igual plazo. Asimismo, si en las últimas décadas se han multiplicado los instrumentos de cobertura contra el riesgo cambiario y de tipos de interés –los infames derivados– ha sido porque, con el abandono el patrón oro, los tipos de cambio dejaron de ser fijos y los tipos de interés pasaron a depender no de la disponibilidad real de ahorro, sino del fluctuante crédito que el sistema bancario inyectara al mercado.

¿Por qué los Estados decidieron desprenderse del oro? No precisamente para dar alas a la globalización de los capitales, sino más bien para saltarse la disciplina que éstos les imponían. Fue el nacionalismo monetario y crediticio –las ansias de los políticos por gastar más de lo que los ahorradores internos y extranjeros les querían prestar– lo que motivó el abandono del oro: el deseo socialista de disponer de una política monetaria propia para poder recurrir a la inflación de la moneda nacional con el fin de sufragar el expansionismo de un sector público insostenible. El oro era el símbolo de la globalización, la divisa que unificaba los intercambios internacionales y que permitía invertir en el extranjero a largo plazo sin miedo a devaluaciones competitivas de ningún tipo.

Pero se lo cargaron. Y se lo cargaron para inflar el crédito público y privado hasta unos límites jamás soñados, aun a costa de desestabilizar la globalización. Y ahora los hijos y nietos ideológicos de quienes destruyeron en nombre del estatismo el único sistema monetario verdaderamente global que ha conocido la humanidad salen a la palestra criticando una hiperglobalización e hiperfinanciarización que juzgan excesiva y que atribuyen no al asesinato del oro, sino al insuficiente tamaño del Estado.

Dejen de insultarnos y de tomarnos el pelo: lo que necesitamos es una auténtica globalización, basada en un sistema financiero y monetario sano, alejado del maridaje entre la banca y el Estado. Pero eso no significa más sino menos Estado, mucho menos Estado. Más que nada porque, sin la inflación nacionalista del crédito, se acabó el chollo de obtener crédito sin pedirlo prestado. Y, por tanto, se acabó el gastar más de lo que se ingresa. Hiperglobalización sí, pero de verdad. No el fraude intervencionista actual.

 Fuente:  Libertad Digital

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Visto ayer en la Plaza de Oriente

Alguien que no estaba muy feliz con la decisión del Comité Olímpico Internacional.  ¿O era con Ruiz Gallardón?

Bueno, la cuestión es que el señor descontento sí le fue a pedir “responsabilidades” al alcalde y anduvo tirando dólares (de mentirillas mezclados con billetes de verdad).  Sucedió ayer, en la Plaza de Oriente.

 

Vía Madrid Liberal

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