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¿Puede Obama salvar el mundo?

¿Puede ser organizada y dirigida la sociedad desde arriba?

¿Puede el “líder” decidir por nosotros qué es lo mejor o impedir la iniciativa privada?

Jesús del Amo, estudioso de la Escuela Austriaca de Economía de la isla de Tenerife, dio una interesantísima charla donde responde con claridad a estas y otras cuestiones.

No se lo pierdan.

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Como gestionó Suecia la crisis del estado de bienestar

Los suecos entendieron que no se podía vivir de lo prestado, que había que reformar el sector público, introduciendo la libertad de elección del prestador del servicio en un régimen de competencia, que había que reducir las plantillas de empleados públicos, que había que buscar la eficiencia, ahorrar y terminar con la corrupción.

El entrevistado es Mauricio Rojas, chileno exiliado en Suecia en los años ’70 (huyendo del régimen de Pinochet), de origen ideológico izquierdista, y que un día se cayó del guindo y se dio cuenta de que estaba equivocado.   Y se hizo liberal. Con nacionalidad sueca, fue diputado por el Partido Popular Liberal Sueco.  Autor de numerosos libros, entre ellos destacan:

  • Diario de un reencuentro – Chile treinta años después (Editorial El Mercurio-Aguilar)
  • Reinventar el Estado del bienestar – La experiencia de Suecia (Editorial Gota a Gota)
  • Pasión por la libertad: El liberalismo integral de Mario Vargas Llosa, (Editorial Gota a Gota)

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Qué es el liberalismo

Clase magistral de Alberto Benegas Lynch.  Imperdible

 

Alberto Benegas Lynch (h) es doctor en Economía y en Ciencias de Dirección. Preside la Sección de Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias, Argentina y vicepresidente-investigador senior de la Fundación Friedrich A. von Hayek. Ha escrito once libros y enseña desde hace 35 años en universidades de Argentina y del exterior. Es profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín y miembro de la Mont Pelerin Society.

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El experimento de Milgram

Fue alrededor de 1550, de acuerdo con las cifras habituales (unos 14 años antes del nacimiento de Shakespeare, unos 80 años antes del nacimiento de John Locke, unos 135 años antes del nacimiento de Bach), cuando un joven francés llamado Etienne de La Boetie, un joven de la edad que hoy calificaríamos como universitaria, de unos 20 años, planteó lo que Murray Rothbard describe posteriormente como “el problema central de la filosofía política”: el misterio de la obediencia civil. ¿Por qué la gente, en todo tiempo y lugar, obedece las órdenes del gobierno, que siempre constituye una pequeña minoría de la sociedad?

La Boetie, escribió Rothbard, veía que

toda tiranía debe necesariamente basarse en la aceptación popular general. En suma, la propia mayoría del pueblo, por alguna razón, acepta su propia sujeción. Si éste no fuera el caso, ninguna tiranía, ni de hecho ningún gobierno, podría durar mucho. Por tanto, un gobierno no tiene que haber sido elegido popularmente, pues el apoyo público general está en la misma naturaleza de todos los gobiernos duraderos, incluyendo las más opresivas de las tiranías. El tirano no es sino una persona y escasamente obtendría la obediencia de otra persona, mucho menos de un país entero, si la mayoría de los súbditos no le otorgan su obediencia por su propio consentimiento.

Por tanto, éste se convierte para La Boetie en el problema central de la teoría política: ¿Por qué el pueblo consiente su propia esclavitud?

Rothbard escribió este pasaje como parte de un largo y extremadamente interesante prólogo a una nueva edición del ensayo de juventud de Etienne de La Boetie sobre filosofía política. Esta nueva edición (que presentaba una traducción estadounidense moderna originalmente hecha en la década de 1940) se publicó en 1975 bajo el títuloThe Politics of Obedience: The Discourse of Voluntary Servitude. Ese mismo año, 1975, se publicó una edición rival del pequeño libro de La Boetie por parte de otro pequeño editor académico, en este caso presentando una traducción británica del siglo XVIII con el texto en francés del siglo XVI en las páginas impares. Esta edición rival se publicó bajo el título The Will to Bondage y mostraba un prólogo no tan largo pero tremendamente interesante del historiador libertario y editor James J. Martin.

Martin pensaba que sabía la respuesta a la pregunta que había dejado tan perplejo a La Boetie y ahora a Rothbard: ¿Por qué el pueblo, siempre y en todas partes, obedece las órdenes del gobierno, acepta su propia sujeción, consiente su propia esclavitud? La respuesta de Martin es que nace así. Podríamos preguntarnos, escribía, si “en el fondo todas las convicciones políticas, éticas y filosóficas” podrían no “deberse al temperamento personal y no poderse explicar por la razón”. Esta hipótesis, mantenía, “es de importancia crítica para una visión separada de este asunto de la tiranía, su persistencia y sus oponentes”. Pues

el temperamento se refiere a la genética, no a la propaganda, la educación, la persuasión psíquica o la intimidación y a una serie de fenómenos relacionados. Sigue sin probarse que haya habido alguna vez un caso de una persona temperamentalmente partidario de la tiranía que haya sido “convertido” a la tendencia opuesta o viceversa, mediante algún mecanismo conocido de arte de persuasión.

En el momento en que escribía esto, Martin había estado más de 20 años enseñando en institutos y universidades. Y su razonada opinión era que las escuelas, en particular, no persuadían a nadie de nada. “Tienen mucho éxito”, escribía, “en afianzar el sentimiento que ya existe en la gente que procesan, aunque puedan desarrollar adversarios despertando reacciones contradictorias entre quienes son temperamentalmente hostiles a lo que se ven expuestos”. Por eso “los miembros de creencias libertarias siguen estando aproximadamente en los mismos niveles año tras año en relación con el total de la comunidad, a pesar de los intentos más asombrosos en literatura, comunicación y acción para que aumenten”. La cruda realidad, insistía Martin, es que “quienes ansían las comodidades y seguridad de la subordinación superan a los ‘espíritus libres’ y no hay evidencia creíble de que esta relación vaya a cambiar ahora o en algún momento en el futuro en algún grado apreciable”.
Ésa era la postura de James J. Martin sobre los orígenes de la política de la obediencia, la voluntad de esclavitud, la voluntad de servidumbre voluntaria. Sin embargo había otras opiniones. Como sugiere la aparición simultánea en 1975 de traducciones en competencia del ensayo de filosofía política de Etienne de La Boetie, la década de 1970 fue un tiempo en que esas ideas estaban “en el aire”, un tiempo en que mucha gente se sentía atraída a considerar y discutir esas ideas.

Consideremos el caso de Stanley Milgram, el psicólogo social de la Universidad de la Ciudad de Nueva York cuyo libro Obediencia a la autoridad fue publicado en 1974. El libro era un resumen y reflexiones de Milgram sobre una serie de experimentos que había venido realizando desde 1961, cuando era un recién doctorado de Harvard en el segundo año de su primera asignación enseñante, como profesor asistente de psicología en Yale. Milgran pidió voluntarios que estuvieran dispuestos a participar en un experimento psicológico a cambio de una pequeña paga. “Cuatro dólares por una hora de tu tiempo”, de acuerdo con el anuncio reproducido en el libro de Milgram de 1974. Cuando los voluntarios llegaban al laboratorio de Milgram, se les decía que iban a participar en un estudio de cómo la memoria y el aprendizaje se veían afectados por el castigo.

Se les dijo que en el experimento desempeñarían el papel de un “maestro”. Cada uno de ellos se emparejaba con otro voluntario que hacía el papel de un “alumno”. Las reglas eran sencillas. El alumno estaba atado a una silla por un “investigador” con bata blanca y conectado a electrodos. En un cuarto adyacente, con una ventana a través de la cual el maestro y el investigador podían ver y mantener contacto visual con el alumno, el maestro leía ante al micrófono una lista de palabras agrupadas por pares. La voz del maestro era audible por el alumno mediante altavoces en las paredes del cuarto adyacente. De forma similar, la voz del alumno era oída por el maestro y el investigador a través de altavoces en las paredes de su lado del cristal.

Si el alumno repetía las parejas de palabras en el orden correcto, el experimento continuaría. Si el alumno cometía un error, el maestro administraría una descarga eléctrica al alumno por control remoto, presionando un botón en una consola de control. Cada descarga eléctrica administrada sería más fuerte que la anterior.

En algún momento, los “maestros” voluntarios descubrían que los “alumnos” voluntarios empezaban a mostrar incomodidad, luego una creciente evidencia de sentir un dolor serio cuando se administraban las descargas. No tomaba mucho tiempo hasta que los alumnos empezaban a pedir, luego a rogar, que les dejaran abandonar el experimento. Poco después empezaban a forcejear intentando escapar de las sillas en las que el experimentador les había atado. Poco después los alumnos empezaban a pedir a los maestros que les ayudaran a escapar.

Y a medida que las descargas que los experimentadores ordenaban administrar a los maestros se hacían cada vez mayores, la consola desde la que los maestros administraban esas descargas empezaba a mostrar avisos de que los voltajes seleccionados eran peligrosamente altos. Aún así, a cualquier maestro que protestara ante los experimentadores o siquiera presentara objeciones acerca de cómo debería hacerse el experimento se le ordenaba severamente por parte de los experimentadores que continuara. Los experimentadores le decían que todo estaba bien.

Y, de hecho, todo estaba bien. Los alumnos no eran realmente voluntarios, sino actores. Realmente no estaban recibiendo ninguna descarga. Pero los maestros no lo sabían. Creían que estaban infligiendo un dolor espantoso y posiblemente peligroso para la vida de los alumnos. Y la mayoría de ellos lo seguía haciendo, a pesar de las luchas y protestas de sus víctimas. Sólo uno de los 40 primeros voluntarios de Milgram rechazó infligir  más descargas más allá de lo que su tablero de mandos le decía que eran 300 voltios. Pero en ese momento, según Milgram, la “respuesta [del alumno] sólo puede describirse como un lamento agonizante. Poco después, no hacía ningún sonido”.

Aún así, todos menos uno de los primeros 40 voluntarios continuaron administrando descargas. Dos tercios de ellos, siguieron administrándolas hasta lo que sus consolas les decían que eran 400 voltios, el voltaje más alto que podía producir el equipo, a pesar de que para entonces los alumnos ya no respondían y aparentemente estaban inconscientes o muertos.

El experimento de Milgram, por supuesto, no tenía nada que ver con la memoria, el aprendizaje y el castigo. En su lugar, como explicaba en 1974, era

un experimento simple. (…) para probar cuánto daño infligiría un ciudadano corriente simplemente porque se lo ordenaba un científico experimental. La cruda autoridad se enfrentaba a los más fuertes imperativos morales del sujeto en contra de dañar a otros y, con los oídos del sujeto llenos de quejidos de las víctimas, la autoridad ganaba más a menudo que no.

Aún así, en cualquier punto del procedimiento, todo lo que tenía que hacer cualquiera de los maestros era rechazar continuar. Todo lo que tenían que hacer era levantarse e irse del laboratorio. Se parece bastante a la situación que describe Etienne de La Boetie en su ensayo sobre la política de la obediencia. Como los gobernados siempre superan en número al gobernante, escribía La Boetie, los gobernados podían liberarse en cualquier momento, “simplemente deseando ser libres”.

Era realmente así de sencillo, escribía La Boetie. En sus palabras:

Resuelve no servir más y serás inmediatamente libre. No digo que levantes tu mano contra el tirano para derribarlo, sino simplemente que no le apoyes más; luego veras como, igual que un gran Coloso cuyo pedestal ha desaparecido, cae por su propio peso y se rompe en pedazos.

¿Hubiera caído el experimentador por su propio peso y se habría roto en pedazos en el laboratorio de Staley Milgram si los maestros lo hubieran abandonado? Como dijo el propio Milgram:

la reacción inicial del lector ante el experimento puede ser la de preguntarse por qué nadie en sus cabales (…) simplemente no rechazaría hacerlo y saldría del laboratorio. Pero el hecho es que ninguno lo hizo. Como el sujeto había venido al laboratorio a ayudar al experimentador, estaba bastante dispuesto a empezar con el procedimiento. No hay nada muy extraordinario en esto, particularmente porque la persona que va a recibir las descargas parece inicialmente cooperadora, aunque algo aprensiva. Lo que sorprende es lo lejos que llegan las personas corrientes en cumplir con las instrucciones del experimentador. De hecho, los resultados del experimento son a la vez sorprendentes y desalentadores. (…)

Muchos sujetos obedecerán al experimentador sin que importe lo vehemente que ruegue la persona que recibe la descarga, sin que importe lo dolorosas que parezcan las descargas y sin que importe cuánto rueguen la víctimas salir. Esto ha pasado una y otra vez en nuestros estudios y ha sido observado en varias universidades en las que se ha repetido el experimento. Es la voluntad extrema de los adultos de ir hasta donde haga falta en obedecer a una autoridad lo que constituye el principal descubrimiento del estudio y el hecho que requiere más urgentemente una explicación.

Milgram creía que había dos explicaciones para sus resultados. Yo las llamo la explicación psicológica y la explicación sociológica. La explicación psicológica es que bajo ciertas circunstancias el individuo ordinario a la vez está dispuesto y es capaz de “verse a sí mismo como el instrumento para realizar la voluntad de otra persona”, de forma que “no se considera por tanto responsable de sus acciones”. La explicación sociológica es que bajo ciertas circunstancias la mayoría de los individuos abandona cualquier intento de pensamiento independiente y simplemente se ajustan a lo que sienten que se espera de ellos: lo que han absorbido, principalmente sin advertirlo, de la cultura en la que han crecido y viven hoy.

¿Así que cuál es la solución a este problema de la autoridad, cómo podríamos calificarlo? Hay que decir en favor de Milgram que consideraba el libertarismo como una posibilidad. Pero lo rechazaba. “Parecería”, escribe, “que el argumento anarquista del desmantelamiento universal de las instituciones políticas es una solución poderosa al problema de la autoridad. Pero los problemas del anarquismo son igualmente insolubles”. Pues

mientras que la existencia de autoridad a veces lleva a la comisión de actos despiadados e inmorales, la ausencia de autoridad hace a uno víctima de esos actos por parte de otros mejor organizados. Si los Estados Unidos abandonaran todas las formas de autoridad política, el resultado estaría muy claro. Pronto nos convertiríamos en víctimas de nuestra propia desorganización, porque las sociedades mejor organizadas inmediatamente lo percibirían y actuarían sobre las oportunidades que crea esa debilidad.

Además, sería un exceso de simplificación presentar un cuadro de un individuo noble en una continua lucha contra la malévola autoridad. La verdad evidente es que (…) por cada individuo que realiza una acción violenta a causa de la autoridad hay otro individuo al que se le impide hacerlo.

La psicóloga social libertaria Sharon Presley estudió con Milgram para su doctorado en la Universidad de la Ciudad de Nueva York en la década de 170; dice que políticamente Milgram no era un libertario, sino “un demócrata liberal que estaba a favor de las libertades civiles”.

Sin embargo, al ir más allá en la idea clave de Etienne de la Boetie acerca de la política de la autoridad, la voluntad de esclavizarse y el deseo de abrazar la servidumbre voluntaria e idear un test ingenioso sobre su influencia en el individuo ordinario, Stanley Milgran hizo una importante contribución a la tradición libertaria.

[Este artículo está transcrito del podcast  Libertarian Tradition]
Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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La filosofía de la libertad

Que no es ni más ni menos que el ser propietario de uno mismo, de su vida, de sus acciones, y de las consecuencias de las mismas.

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A 20 años de la partida de Hayek

Friedrich A. von Hayek (1899-1992)

Por Peter Boettke

Es probable que Friedrich A. Hayek fuera el más prodigioso erudito clásico liberal del siglo XX. Aunque su premio Nobel de 1974 fue en economia, sus trabajos académicos se extienden mucho más allá de esta ciencia. Publicó 130 artículos y 25 libros que abarcan desde la economía técnica hasta la psicología teórica, desde la filosofía política hasta la antropología legal y desde la filosofía de la ciencia hasta la historia de las ideas. Hayek no era un simple aficionado, era un verdadero experto en cada uno de estos campos. Hizo importantes contribuciones a nuestra comprensíon en, por lo menos, tres campos diferentes de la intervención gubernamental, del cálculo económico bajo el socialismo y del desarrollo de la estructura social. No es probable que volvamos a ver a un académico de tan amplio dominio en las ciencias humanas.

Hayek nació en Viena en una familia de intelectuales el 8 de mayo de 1899. Obtuvo doctorados de la Universidad de Viena (1921 y 1923). Durante los primeros años del siglo XX. las teorías de Escuela Austriaca de Economía, iniciada por los Principios de Economía de Menger (1871), fueron gradualmente refinados y redefinidos por Eugenio Boehm Bawerk, por su cuñado Fridrich Wieser y por Ludwig Von Mises. Cuando Hayek matriculó en la Universidad de Viena asistió a algunas clases de Mises pero encontró que las posiciones antisocialistas de Mises eran demasiado tajantes para su gusto. Wieser, por su parte, era un socialista fabiano cuyo enfoque le resultaba entonces más atractivo, y Hayek se convirtió en su discípulo. Irónicamente, fue Mises, a través de su devastadora crítica del socialismo publicada en 1922, el que alejó a Hayek del socialismo fabiano.

La mejor forma de comprender la vasta contribución de Hayek a la economía y al liberalismo clásico es verla a la luz del programa para el estudio de la cooperación social establecido por Mises. Mises, el gran constructor de sistemas, le proporcionó a Hayek el programa de investigación. Hayek se convirtió en el gran analista. El trabajo de su vida se comprende mejor como un esfurzo por hacer explícito lo lo que Mises había dejado implícito, por reafirmar lo que Mises había esbozado y por responder las interrogantes que Mises había dejado sin respuesta. De Mises, Hayek dijo: “No hay ningún otro hombre al que le deba más intelectualmente”. La conexión con Mises se hace más evidente en sus trabajos sobre los problemas del socialismo. Pero la originalidad de Hayek, derivada del análisis del socialismo, permean todo el cuerpo de su obra, desde de los ciclos de los negocios hasta el origen de la cooperación social.

Hayk no conoció a Mises cuando asistía a la Universidad de Viena. Se lo presentaron después de haberse graduado a través de una carta de su profesor, Wieser. Fue entonces cuando comenzó la colaboración Hayek Mises. Durante cinco años, Hayek trabajó bajo Mises en una oficina del gobierno. En 1927, se convirtió en el Director del Instituto para la Investigación del Ciclo Económico, que él y Mises habían organizado. El Instituto estaba dedicado al examen teórico y práctico de los ciclos económicos.

Elaborando sobre la Teoría del Dinero y el Crédito (1912) de Mises, Hayek refinó tanto la comprensión técnica de la coordinación del capital como los detalles institucionales de la política crediticia. Siguieron estudios seminales sobre teoría monetaria y los ciclos comerciales. El primer libro de Hayek, Teoría Monetaria y el Ciclo Comercial (1929) analizó los efectos de la expansión del crédito en la estructura del capital de una economía.

La publicación del libro promovió una invitación de Lionel Robbins para que Hayek diera conferencias en la Escuela de Economía de Londres. Sus conferencias fueron publicadas en un segundo libro titulado “La Teoría Austriaca del Ciclo Comercial”, Precios y Producción (1931), que fue citada por la comisión del premio Nobel en 1974.

Las conferencias de Hayek (1930 31) en la Escuela de Londres se hicieron tan famosas que fue vuelto a llamar a la prestigiosa Universidad de Londres y nombrado Profesor Tooke de Ciencia Económica y Estadística. A los 32 años, Hayek había alcanzado el pináculo de la carrera de economista.

La teoría Mises-Hayek sobre el ciclo comercial explicaba el “cúmulo de errores” que caracteriza al ciclo. La expansión del crédito, posibilitada por una baja artificial de las tasas de interés, engañaba a los empresarios: se les hace creer en empresas que de otra forma no hubieran parecido rentables. La falsa señal generada por la expansión del crédito conduce a que los actores económicos malcoordinen los planes de producción y de consumo. Esta malcoordinación se manifiesta primeramente en un “boom” y posterioremnte en “una quiebra” en lo que patrón temporal de la producción se ajusta el patrón real de los ahorros y el consumo en la economía.

Hayek versus Keynes

Poco después de su llegada a Londres, Hayek entró en una polémica con John Maynard Keynes. Keynes, un destacado miembro del servicio civil británico que estaba trabajando entonces para el Comité de Finanzas e Industria del gobierno, era el autor de importantes libros de economía. El debate Hayek Keynes fue quizás el más importante sobre economía monetaria que se haya dado del siglo XX. Comenzando con su su ensayo “El Fin del Laissez Faire” (1926), Keynes presentó sus demanda de intervencionismo en el lenguaje de un liberalismo pragmático clásico. Fue así que Keynes fue aclamado como “el salvador del capitalismo”, en vez de ser reconocido como lo que era: un defensor de la inflación y de la intervención gubernamental.

Hayek detectó el problema fundamental que adolecían en las concepciones económicas de Keynes: su incapacidad para comprender el papel que juegan las tasas de interés y la estructura del capital en una economía de mercado. Debido a su infortunado hábito de utilizar categorías colectivas, Keynes no pudo abordar estos problemas adecuadamente en su “Un Tratado sobre el Dinero” (1930). Hayek señaló que las categorías colectivas de Keynes distraían a los economistas y nos le dejaban examinar cómo la estructura industrial de la economía emergía de las opciones económicas de los individuos.

Keynes reaccionó con acritud a las críticas de Hayek. Primero respondió atacando “Pecios y Producción”, de Hayek. Luego alegó que ya no creía en lo que había escrito en “Un Tratado sobre el Dinero” y volvió su atención a la redacción de otro libro:”La Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero” (1936) que, con el tiempo, se convirtió en el libro más influyente del siglo XX en materia de política económica.

Más bien que tratar de criticar directamente lo que Keynes había presentado en su Teoría General, Hayek volvió sus considerables talentos a refinar la teoría del capital. Estaba convencido de que el punto esencial que había que trasmitir a Keynes y al resto de los economista en relación a la política monetaria radicaba en la teoría del capital. Presentó su tesis en “La Teoría Pura del Capital” (1941), el libro más técnico que escribiera nunca. Y, pese a la razón que pudiera haber tenido, resultó la menos influyente de sus obras. Para fines de los años 30, el tipo de economía de Keynes estaba en pleno ascenso. A los ojos del público, Keynes había derrotado a Hayek. Este perdió relevancia como economista y entre los estudiantes.

Durante este tiempo, Hayek también estuvo implicado en otro gran debate económico sobre el cálculo económico en el socialismo. La polémica fue disparado por un artículo de Mises en 1920 donde afirmaba que el socialismo era técnicamente imposible puesto que no podría disponer de los precios del mercado. Mises había refinado su argumento en “Socialismo: Un análisis Económico y Sociológico”, el libro cuya aparición, en 1922, había impresionado profundamente al joven Hayek. Hayek desarrolló el argumento de Mises en varios artículos durante los años 30. En 1935, reunió una serie de ensayos sobre los problemas de la organización económica socialista en “La Planificación Económica Colectivista”. Otros ensayos de Hayek sobre los problemas del socialismo y específicamente sobre el modelo de “socialismo de mercado” elaborado por Oskar Lange y Abba Lerner, en un intento por refutar a Mises y Hayek, fueron reunidos posteriormente en “Individualismo y Orden Económico” (1948).

Nuevamente, los economistas y la comunidad intelectual en general no apreciaron las criticas de Hayek. ¿Acaso no le había dado al hombre la ciencia moderna la posibilidad de controlar y diseñar la sociedad según las reglas morales de su elección? Se suponía que la sociedad planificada bajo el socialismo no sólo fuera tan eficiente eocmo el capitalismo (especialmente en vista de la anarquía que supuestamente generaba el capitalismo con sus ciclos económicos y su poder monopolista), sino que, con su promesa de justicia social, también fuera mas justa. Y, por otra parte, se consideraba la ola del futuro. Se decía que sólo un reaccionario podía querer resistir la marcha inevitable de la historia. No sólo Hayek parecía estar perdiendo la polémica económica con Keynes sobre las causas de los ciclos económicos sino que, teniendo en cuenta el ascenso de la marea mundial del socialismo, su perspectiva filosófica general era crecientemente considerada con una vesión primitiva del liberalismo.

El Camino de la Servidumbre

Hayek, sin embargo, siguió refinando la argumentación a favor de una sociedad liberal. Los problemas del socialimos que había observado en la Alemania nazi y que vió comenzar en Gran Bretaña lo llevaron a escribir El Camino de la Servidumbre (1944). Este libro obliga a los defensores del socialismo a confrontar un problema adicional, más allá del puramente técnico. Si el socialsimo requiere la sustitución del mercado por un plan central, entonces, apuntó Hayek, habrá que establecer una institución que sea responsable por la formulación del plan. Hayek la llamó la Junta Planificadora Central. Para implemntar el plan y para controlar los recursos, la Junta tendría que ejercer amplios poderes discrecionales en los asuntos económicos. Con todo, la Junta Planificadora Central en una sociedad socialista no tendría los precios del mercado como guía. No tendría forma de saber cuáles posibilidades productivas eran económicamente posibles. La ausencia de un sistema de precios, dijo Hayek, demostraría ser el talón de Aquiles del socialismo.

En El Camino de la Servidumbre, Hayek alegó que había buenas razones para sospechar que los que ascendieran a la cumbre de un régimen socialista serían aquellos que tuvieran una ventaja comparativa en el ejercicio de poderes discrecionales y estuvieron dispuestos a tomar decisiones desagradables. Y es inevitable que estos hombres poderosos dirigieran el sistema en su propio beneficio.

Por supuesto, Hayek tuvo razón tanto el problema económico como en el político del socialismo. El siglo XX está lleno con la sangre de las victimas inocnetes de los experimentos socialistas. Stalin, Hitler, Mao, Pol Pot y muchos tiranos menores han cometido crímenes horribles contra la humanidad en nombre de alguna variante del scialismo. El totalitarismo no es un accidente histórico que sólo emerge debido a mala elección de dirigentes en un régimen socialista. Hayek muestra que el socialismo es el resultado lógico del ordenamiento institucional de la planificación socialsita.

Tras la derrota de su crítica de Keynes en el foro público y la controversia que surgió sobre el cálculo económico en el socialismo, Hayek se alejó de los problemas técnicos de la economía y se concentró en la reformulación de los principios de liberalismo clásico. Hayek había señalado la necesidad de los precios de mercado com trasmisores de una información económica dispera. Mostró que los intentos de reemplazar o controlar el mercado llevaban a un problema de conocimeinto. Hayek también describió el problema totalitario asociado con la ubicación de poder discrecinal en las manos de unos pocos. Esto lo llevó a examinar los prejuicios intelectuales que ciegan al hombre y le impiden ver los problemas de la planificación económica gubernamental.

Durante los años 40, Hayek publicó una serie de ensayos en periódicos profesionales examiando las tendencias filosóficas dominantes que habían prejuiciado a los intelectuales de una forma tal que nos permitía reconocer los problemas sistémicos que confrontarían os planificadores económicos. Ests ensayos fueron posteriormente recopilados y publicados como “La Contrarrevolución de la Ciencia” (1952). La Contrarrevolución, quizás el mejor libro de Hayek, suministra una detallada historia intelectual del “racionalismo constructivista” y del problema del “cientificismo” en las ciencias sociales. Es en este trabajo donde Hayek articula su versión del proyecto de la Ilustración Escocesa de David Hume y Adam Smith de utilizar la razón para ensenar modestia a la razón. La civilización moderna no estaba amenazada por brutales ignorantes empecinados en destruir el mundo, sino más bien, por el abuso de la razón, emprendida por el racionalismo constructivista en su intento de diseñar conscientemente el mundo moderno.

En 1950, Hayek se trasladó a la Universidad de Chicago, donde enseño hasta 1962 en la Comisión de Pensamiento Social. Mientras estuvo allí, escribió “La Constitución de la Libertad (1960). Este trabajo representa el primer tratado sistemático de Hayek sobre la economía clásica liberal.

En 1962, Hayek se trasladó a Alemania, donde había obtenido una posición en la Universidad de Freiburg. Allí incrementó sus esfuerzos por analizar el ordenamiento “espontáneo” de la actividad social y económica. Hayek se dispuso a reconstruir la teoría social del liberalismo y suministrar una visión de cooperación social entre hombres libres.

Con este estudio en tres volúmenes,”Ley, Legislación y Libertad” (1973 1979) y “La Arrogancia Fatal” (1988), Hayek extendió su análisis de la sociedad al examen de la emergencia “espontánea” de las reglas legales y morales. Su teoría legal y política enfatizaba que el imperio de la ley era el fundamento necesario de la coexistencia pacífica. Contrastaba la tradición del common law con la de la ley estatutaria, por ejemplo, los decretos legislativos. Mostró que la common law, el derecho consetudinario, emerge, caso por caso, en lo que los jueces aplican a los casos particulares las reglas generales que son, en si mismas, producto de la evolución cultural. De esa forma explica que inserto en el derecho consutudinario hay un conocimiento conquistado a través de una larga historia de ensayos y errores. Esto lo llevó a la conclusión de que la ley, como el mercado, es un orden “espontáneo” producto de la acción de los hombres pero no de ningún plan de ellos.

El trabajo de Hayek sobre economía técnica y filosofía legal así como la metodología de las ciencias sociales ha atraído un gran interés entre los estudiosos de, por lo menos, las últimas dos generaciones. Y el interés en su obra está creciendo. Su vasta contribución a la economía y al liberalismo clásico vivirá en el programa de investigaciones que ha legado a futuras generaciones de estudiosos.

Friedrich Hayek vivió una vida larga y fructífera. Tuvo que soportar las consecuencias de haber alcanzado la fama desde joven para luego ver esa fama ridiculizada cuando keynesianos y socialistas conquistaron la hegemonía cultural. Afortunadamnbete, vivió lo suficiente como ver reconocido nuevamente su enorme intelecto. Tanto los keynesianos como los socialistas fueron aplastantemente derrotados por los acontecimientos y por la poderosa verdad de su obra. El liberalismo clásico es nuevamente un cuerpo vibrante de pensamiento. La economía austríaca ha reemergido como una gran escuela del pensamiento económico, y jóvenes estudiosos de la ley, la historia, la economía, la politica y la filosofía están estudiando sus grandes temas. Podremos lamentar la pérdida de este gran campeón del liberalismo pero, al mismo tiempo, podemos regocijarnos de que F.A.Hayek dejara una herencia tan fructífera y brillante.

Un gran estudioso no se define por las respuestas que da sino por las interrogantes que promueve. Sucesivas generaciones de intelectuales y activistas políticos de todo el mundo estarán estudiando durante mucho tiempo las grandes cuestiones planteada por este maestro.

Peter Boettke es profesor de Economía de la George Mason University, Director del Centro de Economía Política “James M. Buchanan” e investigador senior del Mercatus Center. También es miembro del Consejo Consultivo de FEE.

Traducción al español del artículo publicado en The Freeman, Vol. 42, No. 8 (August 1992).

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Liberalismo

“Mucha gente reduce el liberalismo a recetas económicas de libre mercado, bajas tarifas, control del gasto público y privatización de negocios… pero el liberalismo es, ante todo, una actitud ante la vida y la sociedad basada en la tolerancia y la coexistencia, en el respeto por la historia y experiencias de diferentes culturas, en la firme defensa de la libertad… La libertad económica es el elemento clave de la doctrina liberal, pero ciertamente no es lo único”

José Ortega y Gasset

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