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Alucinando con Paul Krugman

El premio Nobel me acaba de deparar un tripi que me ha dejado flipando en colores sin necesidad de tomar drogas.  En su cuenta de Google plus el gurú de los zapateros negros y los obamas blancos se descuelga con la siguiente perla:  

” we would see a bigger boost in spending and hence economic growth if the earthquake had done more damage”

Que viene a ser algo así como:

veríamos un mayor impulso en el gasto y el crecimiento económico por lo tanto, si el terremoto hubiera hecho más daño”

Parece que el “premio Nobel” cree que cuanto mayor es el grado de destrucción, mejor es para la economía.  Se ve que nunca leyó a Bastiat

Quisiera pensar que quien está bromeando es él.  Pero me temo que no…

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Los austriacos pueden explicar el auge y el declive

Por Robert P. Murphy. (Publicado el 19 de marzo de 2009)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/3387.

 

En un debate reciente, el eminente profesor y blogger keynesiano Brad DeLong afirmaba que la explicación austriaca del ciclo económico “no funciona como empresa intelectual”.[1]

DeLong cita a Pual Krugman, que allá por diciembre aparentemente infligió al diagnóstico austriaco una derrota aplastante tanto desde el punto de vista teórico como práctico.

En el artículo actual los diré directamente. La crítica teórica de Krugman de (lo que él califica despectiva como) la “teoría de la resaca” de las recesiones es una tontería y su prueba empírica también es mala. Una vez que fijemos una prueba más apropiada, la teoría de la “resaca” (es decir, la explicación de Mises-Hayek) la pasa con enorme éxito.

La crítica en dos vertientes de Krugman de la “teoría de la resaca”

En su popular blog del New York Times, allá por diciembre, Krugman lamentaba la idiocia de sus colegas. No podía creer que John Cochrane dijera algo (supuestamente) tan tonto:

“Deberíamos tener una recesión”, dijo Cochrane en noviembre, hablando a estudiantes e inversores en una sala de conferencias que miraba al Lago Michigan. “La gente que se ha pasado la vida clavando clavos en Nevada tiene que hacer alguna otra cosa”.

En respuesta a este (aparente) sinsentido, Krugman ofrece primero una objeción teórica:

La idea básica es que una recesión, incluso una depresión, es de alguna forma algo necesario, parte del proceso de “adaptar la estructura de producción”. Tenemos que hacer que esa gente que está clavando clavos en Nevada vaya a otros trabajos y ocupaciones, que es por lo que el desempleo tiene que ser alto en los estados de la burbuja inmobiliaria durante un tiempo.

El problema de esta teoría, como he apuntado, es doble:

1.      No explica por qué no hay desempleo masivo cuando crecen las burbujas igual que cuando disminuyen: ¿por qué no necesitábamos un alto desempleo en otro lugar para poner a esa gente en el negocio de clavar clavos en Nevada?

Antes de ocuparme de la segunda (y empírica) objeción, ocupémonos de esta objeción teórica.

No podemos entender la teoría austriaca del ciclo económico si no entendemos antes la visión austriaca de la estructura de capital de la economía. En este artículo, yo demostraba cómo Krugman era sencillamente incapaz de entender la teoría austriaca del ciclo económico, porque no tenía un modelo de capital suficientemente rico. Para los recién llegados que no están familiarizados con la teoría austriaca del ciclo económico, les animo efusivamente a leer toda la explicación en el artículo enlazado.

Para nuestro propósito actual, hago una breve recapitulación del argumento: En una economía de mercado, los precios realmente tienen una función, no son meras extremidades de las relaciones explotadoras de poder, sino que los precios de mercado señal una escasez subyacente real y ayudan a todos en la economía a justar sus planes a la luz de la realidad. Los tipos de interés de los distintos préstamos también significan algo, no son arbitrarios.

En particular, el tipo de interés del mercado coordina las actividades “intertemporales” (es decir, a lo largo del tiempo) de inversores, empresas y consumidores. Si los consumidores miran más al futuro y quieren reducir el consumo a corto plazo con el fin de disponer de más en años futuros, lo que ocurre en el mercado libre es que el aumento del ahorro empuja a la baja los tipos de interés, lo que indica a los empresarios que pidan más prestado e inviertan en proyectos más largos. Así, los recursos (como trabajo, petróleo, acero y tiempo de máquinas) se redirigen de los bienes presentes, como televisores y coches deportivos, y fluyen a bienes de capital o de inversión, como tractores o barcos mercantes.

Ahora, cuando las Reserva Federal reduce artificialmente los tipos de interés por debajo de su nivel de mercado, envía un mensaje falso a los empresarios. Las empresas empiezan a expandirse como si los consumidores hubieran aumentado sus ahorros, pero en realidad han reducido sus ahorros (debido a los tipos de interés más bajos). Las empresas que producen frenéticamente bienes duraderos, como calderas, barcos mercantes y, sí, viviendas verán un auge en sus negocios, porque estos sectores responden positivamente a los tipos de interés bajos.

Por otro lado, otros sectores no necesitan contratar, porque (al contrario que en el escenario de los ahorros reales) nadie está rebajando su consumo. Precisamente por eso el auge inducido por la Fed es insostenible: los recursos reales no se han sacado de los sectores de consumo para alimentar la expansión del sector del capital. Como las economías modernas son tan complejas, la charada puede continuar unos pocos años, como empresarios economizando y “consumiendo capital” (es decir, posponiendo el necesario reemplazo y mantenimiento del equipo) mientras que tanto los bienes de inversión como los de consumo siguen saliendo por la tubería a ritmos más altos. Pero la música acaba terminando, pues (después de todo) la imprenta de pedazos verdes de papel de la Fed realmente no hace más rico a un país. Cuando la Fed “recorta los tipos de interés” realmente no está creando más capital que puedan pedir prestado las empresas: más bien está distorsionando la señal que trata de transmitir el tipo de interés del mercado.

Así que, en este contexto, el premio Nobel Krugman se confunde. Cuando la Fed empieza a arrojar fajos de billetes recién impresos en sectores económicos concretos, ¿por qué se promueve un periodo de prosperidad, por muy ilusorio y fugaz que sea éste? ¿Por qué el dinero arrojado no hace en su lugar que millones de personas se vean despedidas?

Admito que me siento avergonzado incluso de escribir así la pregunta, pero vayan y vuelvan a leer el post de Krugman: es lo que está preguntando. La respuesta, por supuesto es que las empresas armadas con los dólares recién impresos por ola Fed deben pagar más a los trabajadores y sacarlos de los sectores originales en la estructura de producción. Obviamente, este proceso no lleva a un desempleo masivo. Los trabajadoresabandonan voluntariamente los trabajos originales porque la inflada oferta monetaria ha permitido a unas pocas empresas ofrecerles salarios más altos. La inyección de nuevo dinero de la Fed aún no ha distorsionado toda la economía, así que no hay razón para que otras empresas se encuentren repentinamente en problemas y despidan trabajadores al inicio del auge artificial.

Por el contrario, una vez que se pincha la burbuja, muchas empresas descubren que están embarcadas en proyectos insostenibles. Necesitan despedir a sus trabajadores. El desempleo aumenta y sólo a medida que los trabajadores aceptan a regañadientes salarios más bajos pueden reintegrarse en la economía. En general, los trabajadores están ganando menos durante el periodo de declive respecto del punto álgido del auge. Esto pasa porque los sueldos y salarios del periodo de auge eran exageraciones de los verdaderos “fundamentales” de la productividad laboral y también porque los propios fundamentales se han visto dañados debido al despilfarro de capital durante el periodo de auge.

En resumen, los trabajadores en general no son tan productivos económicamente durante la recesión porque toda la estructura de producción ha sido desbaratada de golpe por las inyecciones de la Fed de simpático dinero. Es mucho más duro para los trabajadores cambiar de trabajo y recibir recortes en la nómina, que despedirse para obtener un empleo mejor en el que les paguen más.

Esa es la explicación sencilla depor qué el auge inducido por la Fed muestra un bajo desempleo, mientras que las necesarias experiencias del declive aumentan el paro.

¡¿La burbuja inmobiliaria no tiene nada que ver con las pérdidas de empleo?!

Después de su objeción teórica, Krugman se vuelve a los datos para aportar una segunda objeción a la “teoría de la resaca”:

2.      No explica por qué las recesiones reducen [el empleo] a todos por igual, no sólo a los sectores hinchados por la burbuja.

Un hecho sorprendente del que ya he escrito es que la crisis actual está afectando a algunos estados sin burbuja inmobiliaria tanto o más severamente que a los epicentros de la burbuja. Aquí hay una sencilla lista del BLS, ordenando a los estados por su aumento del desempleo el año pasado. El desempleo está por todas partes. Y aunque los centros de la burbuja, Florida y California, está altos en la tabla, también lo están Georgia, Alabama y las Carolinas.

Es bastante sorprendente ¿no? Olvidemos la teoría austriaca: ¡aquí Krugman está diciendo que el estallido de la burbuja inmobiliaria no ayuda a explicar el inicio de la recesión! Pero no se preocupen, el análisis de Krugman es erróneo, no es que se estén volviendo locos.

Primero, adviertan que la tabla del BLS que enlaza Krugman muestra la evolución interanual del desempleo (por estado) de diciembre de 2007 a diciembre de 2008. Bueno, ¿es realmente una buena medición de si el estallido de la burbuja inmobiliaria tiene algo que ver con la recesión? Después de todo, la burbuja ya había estallado hacía tiempo en diciembre de 2007. Así que si los “teóricos de la resaca” tienen razón, deberíamos esperar que la relación entre saltos en el desempleo y el derrumbe de los precios de la vivienda sea más débil a medida que nos alejamos del estallido de la burbuja.

En respuesta a un correo electrónico de un amigo de la universidad, decidí verificar la relación durante un periodo que abarque más de cerca el estallido de la burbuja inmobiliaria. La OFHEO tiene datos trimestrales de precios de la vivienda por estado: escogí como máximo de la burbuja el segundo trimestre de 2006.

Luego elegí la otra variable que sería la variación del desempleo (en término de variaciones absolutas, no de porcentajes de porcentajes) de junio de 2006 a diciembre de 2008, que están disponibles (aunque no en una forma muy cómoda) en el BLS.

Armado con estos datos, ordené los estados de acuerdo con estos dos criterios y miré a los 10 peores en ambas listas. En otras palabras, miré la lista de los 10 estados que han sufrido la mayor disminución en precios de la vivienda desde el segundo cuarto de 2006 y también la lista de los 10 estados que han sufrido los diez aumentos más acusados en la tasa desempleo de junio de 2006 a diciembre de 2008. Los puestos del 7º al 10º de las dos listas no coinciden, pero miren cuáles son los 6 peores en ambas listas:

Listado de Estados por aumento en tasa de desempleo, Junio de 2006 – Diciembre de 2008:

1.      Rhode Island (+4,9)

2.      Florida (+48)

3.      Nevada (+4,8)

4.      California (+4,4)

5.      North Carolina (+3,9)

6.      Michigan (+3.8)

Listado de Estados por caída en porcentaje en el índice de precios de la vivienda de la OFHEO, 2º trimestre de 2006 – 4º trimestre de 2008:

1.      California, -27%

2.      Nevada, -26%

3.      Florida, -22%

4.      Arizona, -16%

5.      Rhode Island, -11%

6.      Michigan, -11%

Fíjense en que North Carolina y Arizona son los únicos que no coinciden. Parece probable una fuerte correlación. (Dependiendo de cómo enmarquemos el problema, las posibilidades de que esta correlación se produzca al azar están entre 1  de 8.400 a alrededor de 1 de 350.000).

Conclusión

Brad DeLong y Paul Krugman siguen burlándose de la explicación austriaca del ciclo económico, pero su ridiculización se basa en su propio modelo deficientede la estructura de capital de la economía. Además, las explicaciones empíricas de Krugman resultan, una vez analizadas, apoyar la postura austriaca. Por desgracia, como DeLong y Krugman han diagnosticado tan erróneamente el problema, sus “soluciones” son una receta para un desastre posterior.

 

 

Robert Murphy es investigador adjunto del Instituto Mises, donde enseñará “Principios de economía” en laMises Academy este otoño. Gestiona el blog Free Advice y es autor de The Politically Incorrect Guide to CapitalismStudy Guide to Man, Economy, and State with Power and MarketHuman Action Study Guide y The Politically Incorrect Guide to the Great Depression and the New Deal.

 


[1] El debate de DeLong en la UC Davis frente a Michele Boldrin está disponible aquí. La explicación de DeLong de (lo que él llama) el “eje Marx-Hoover-Hayek” de la teoría del ciclo económico puede seguirse a los 10:00 del viedo.

 

Fuente:  Mises Daily en español

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¿Dónde se ha perdido nuestra riqueza?

Por Juan Ramón Rallo

Brad de Long.

 

 

 Brad Delong, ese economista que reconoce no entender a Hayek pero que ha dedicado varios artículos a criticarlo, mantuvo una discusión el año pasado en la revista Cato Unbound con Lawrence White, un conocido economista de la Escuela Austriaca.

Básicamente, Delong mostraba su sorpresa por que la riqueza mundial hubiese disminuido con la crisis desde 80 billones de dólares a 60, cuando la cantidad de impagos apenas representaba unos 2 billones. ¿Cómo puede ser que una pérdida de valor de dos billones de dólares en las hipotecas haya puesto en marcha un “acelerador financiero” que destruido riqueza por valor de 20 billones? Simplemente, “no lo entendemos”, reconocía Delong.

Es interesante comparar esta reflexión con otra que efectuaba Krugman hace apenas unas semanas en su bitácora. Según el Premio Nobel, la crisis económica ya ha costado a Estados Unidos ocho puntos de crecimiento del PIB; o dicho de otra manera: Estados Unidos está perdiendo alrededor de un billón de dólares al año por estar crecer por debajo de su potencial.

En definitiva, Delong se preocupa por que la economía financiera haya pinchado sin motivo aparente y Krugman, por que la economía real se ha paralizado sin razón, dejando así de crear enormes cantidades de riqueza.

Son dos reflexiones bastante intuitivas que, en general, también se plantea cualquier hombre de la calle: ¿dónde ha ido a parar el dinero que teníamos antes de que estallara la crisis? ¿Por qué si hasta mediados de 2007 crecíamos a velocidad de crucero ahora, sin que prácticamente haya cambiado nada en nuestra estructura productiva, nos estamos hundiendo en la miseria?

Como digo, se trata de preocupaciones intuitivas, pero no por ello acertadas. De hecho, parece mentira que haya que explicar estas cosas a dos profesores de universidad, uno de ellos premio Nobel. Pero, en fin, dado el punto muerto en que se halla la macroeconomía, probablemente no hubiesen llegado a profesores ni al Nobel si no padecieran semejante confusión.

Paul Krugman.Antes que nada, tengamos presente que los activos financieros no son más que títulos de propiedad negociados sobre distintas partes presentes o futuras de la economía real. Por ejemplo, una acción nos da derecho, en última instancia, a una parte de los bienes y servicios que la empresa en cuestión produzca en el futuro. Del mismo modo, un bono nos da derecho a que la empresa que los emite nos entregue una parte de sus beneficios anuales hasta que nos devuelva todo lo que le hemos prestado (más los intereses). El valor de esta riqueza depende, por consiguiente, de su capacidad para generar renta en el futuro: ¿cuánto pagaría usted hoy por una renta de dinero para mañana?

Delong explica que hay cinco causas posibles para que el valor de los activos financieros, de la riqueza global, fluctúe: a] una reducción del ahorro y la inversión (esto es, de la cantidad de riqueza que se crea cada año), b] las malas noticias sobre la capacidad que tiene la riqueza para generar beneficios, c] el número de impagos (la posibilidad de que los deudores no paguen lo que deben a los acreedores), d] la iliquidez (la posibilidad de que los beneficios nos lleguen más tarde de lo que habíamos esperado) y e] el incremento de la incertidumbre (la inseguridad de no recuperar la inversión).

Delong considera que la enorme reducción en el valor de los activos financieros no puede deberse a que la cantidad de ahorro e inversión se haya reducido, ni a que hayan aparecido malas noticias sobre la capacidad para generar beneficios de las empresas, ni a que los agentes estén en una posición de iliquidez (ya que los bancos centrales han inyectado todo el dinero necesario), ni al aumento de los impagos (ya que en aquel momento sólo se habían impagado dos billones de activos y la reducción de valor había sido de 20 billones); por ello, lanza como aventurada hipótesis que se haya debido a un aumento de la incertidumbre entre los agentes económicos.

Lo mismo parece pensar Krugman. ¿Por qué la economía real está paralizada?, se pregunta. Porque la incertidumbre se ha incrementado tanto que nadie consume ni invierte, parece responderse. Por eso el Gobierno tiene que restaurar la confianza despilfarrando enérgicamente el dinero de los contribuyentes. De hecho, el Nobel incluso saca cuenta: si por perpetuarnos en este estado de incertidumbre dejamos de crear alrededor de un billón de dólares en riqueza cada año, ¿por qué no destinar todo ese dinero –o incluso más– a estabilizar las expectativas y retornar a la senda de crecimiento?

Incluso podríamos prolongar un poco más esta película e incluir en este discurso a otros personajes, como Greenspan y sus viejas recetas contra la crisis en The Economist: si la economía real se recupera, el valor de los activos financieros por los que se preocupaba Delong volverá a subir, por lo que muchos bancos y familias saldrán de la situación de quiebra técnica en que se hallan, volviendo así a prestar y pedir prestado, como hacían en la etapa del boom.

Me temo, sin embargo, que todas estas argumentaciones de tan prestigiosos economistas no pasan de la categoría de cuentos de la lechera. Durante años, nuestras economías vivieron un falso auge crediticio promovido por los bancos centrales y el resto del sistema bancario. Y digo falso porque si bien toda inversión a largo plazo debe estar financiada con ahorro a largo, los préstamos a largo que concedían los bancos (por ejemplo, hipotecas) sólo lo estaban con deuda a muy corto plazo (depósitos a la vista).

Como resultado, en un primer momento los agentes económicos comenzaron a acometer inversiones que, aun siendo poco rentables, les permitían pagar los tipos de interés artificialmente bajos que les exigían los bancos. No es que estas inversiones fueran realmente rentables, pero lo parecían debido al crédito irrealmente barato que proporcionaban los bancos. El resultado fue una economía con mucha deuda y un aparato productivo adaptado para satisfacer las necesidades de unos agentes que deberían haber seguido teniendo acceso a grandes cantidades de crédito artificialmente barato.

Pero, obviamente, no podemos endeudarnos sin límite, así que cuando las familias, las empresas y los bancos decidieron que no seguirían incrementando su endeudamiento, por muy barato que se lo ofrecieran, el castillo de naipes se derrumbó.

En estos momentos, los agentes económicos están tratando de reducir su endeudamiento –y para ello consumen e invierten menos– y de reconvertir el aparato productivo sobre la base de un patrón menos dependiente de un crédito irrealmente barato. Dicho de otra manera: las mismas fábricas que hace tres años estaban a pleno funcionamiento hoy son incapaces de vender su mercancía a unas familias que ya no quieren (y no pueden) endeudarse más.

Esto es básicamente lo que Krugman no entiende: nuestro aparato productivo está caduco, desfasado y equivocado. No tiene sentido comparar lo ricos que seríamos hoy en caso de que en lugar de destinar cada año el 15% de la economía española a construir viviendas hubiésemos aprovechado ese capital para reducir el coste de nuestra energía, mejorar la formación de los trabajadores o aumentar los bienes de equipo en nuestras empresas. Esos recursos ya los hemos despilfarrado y no volverán; a partir de ahora hemos de volver atrás y transformar un aparato productivo adaptado a las nuevas necesidades y capacidades. No estamos dejando de crear ninguna riqueza con la crisis; en puridad, la estábamos dejando de crear durante el auge artificial, cuando despilfarrábamos nuestro dinero.

Lo mismo cabe reprocharle a Delong. Si el valor de los activos financieros depende de la renta que sean capaces de generar en el futuro, parece claro que –cuando nos damos cuenta de que nuestro aparato productivo no sirve, porque estamos demasiado endeudados– los activos financieros se tendrán que depreciar. De acuerdo con las posibilidades que plantea Delong, estaríamos en los escenarios b) y d). Sí ha habido toda una serie de malas noticias que explican una menor capacidad para generar beneficios de nuestras compañías (la recesión lo acredita), y sí tenemos un problema de liquidez (exceso de endeudamiento), que no puede corregirse, por mucho que los bancos centrales ofrezcan a los agentes económicos la posibilidad de endeudarse todavía más.

No niego que la incertidumbre haya tenido algo que ver en la debacle, pero desde luego la parte esencial se explica por las malas inversiones efectuadas durante el boom crediticio. Que Krugman y Delong no lo entiendan sólo demuestra, una vez más, que no saben qué es un ciclo económico. Probablemente porque hayan dedicado más tiempo a criticar a los teóricos de la resaca o a los liquidacionistas que a leerlos y comprenderlos.

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