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En el nombre de la “sociedad”

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“Siempre que alguien empieza a hablar de la “sociedad” o los intereses de la “sociedad” por encima de los “simples individuos y sus intereses”, una buena norma es: cuidado con tu cartera. ¡Y cuidado contigo! Porque tras la fachada de la “sociedad”, siempre hay un grupo de doctrinarios y explotadores hambrientos de poder, dispuestos a tomar tu dinero y ordenar tus actividades y tu vida. ¡Pues, según ellos, ellos son “la sociedad”!”

Murray Rothbard

 

 

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El experimento de Milgram

Fue alrededor de 1550, de acuerdo con las cifras habituales (unos 14 años antes del nacimiento de Shakespeare, unos 80 años antes del nacimiento de John Locke, unos 135 años antes del nacimiento de Bach), cuando un joven francés llamado Etienne de La Boetie, un joven de la edad que hoy calificaríamos como universitaria, de unos 20 años, planteó lo que Murray Rothbard describe posteriormente como “el problema central de la filosofía política”: el misterio de la obediencia civil. ¿Por qué la gente, en todo tiempo y lugar, obedece las órdenes del gobierno, que siempre constituye una pequeña minoría de la sociedad?

La Boetie, escribió Rothbard, veía que

toda tiranía debe necesariamente basarse en la aceptación popular general. En suma, la propia mayoría del pueblo, por alguna razón, acepta su propia sujeción. Si éste no fuera el caso, ninguna tiranía, ni de hecho ningún gobierno, podría durar mucho. Por tanto, un gobierno no tiene que haber sido elegido popularmente, pues el apoyo público general está en la misma naturaleza de todos los gobiernos duraderos, incluyendo las más opresivas de las tiranías. El tirano no es sino una persona y escasamente obtendría la obediencia de otra persona, mucho menos de un país entero, si la mayoría de los súbditos no le otorgan su obediencia por su propio consentimiento.

Por tanto, éste se convierte para La Boetie en el problema central de la teoría política: ¿Por qué el pueblo consiente su propia esclavitud?

Rothbard escribió este pasaje como parte de un largo y extremadamente interesante prólogo a una nueva edición del ensayo de juventud de Etienne de La Boetie sobre filosofía política. Esta nueva edición (que presentaba una traducción estadounidense moderna originalmente hecha en la década de 1940) se publicó en 1975 bajo el títuloThe Politics of Obedience: The Discourse of Voluntary Servitude. Ese mismo año, 1975, se publicó una edición rival del pequeño libro de La Boetie por parte de otro pequeño editor académico, en este caso presentando una traducción británica del siglo XVIII con el texto en francés del siglo XVI en las páginas impares. Esta edición rival se publicó bajo el título The Will to Bondage y mostraba un prólogo no tan largo pero tremendamente interesante del historiador libertario y editor James J. Martin.

Martin pensaba que sabía la respuesta a la pregunta que había dejado tan perplejo a La Boetie y ahora a Rothbard: ¿Por qué el pueblo, siempre y en todas partes, obedece las órdenes del gobierno, acepta su propia sujeción, consiente su propia esclavitud? La respuesta de Martin es que nace así. Podríamos preguntarnos, escribía, si “en el fondo todas las convicciones políticas, éticas y filosóficas” podrían no “deberse al temperamento personal y no poderse explicar por la razón”. Esta hipótesis, mantenía, “es de importancia crítica para una visión separada de este asunto de la tiranía, su persistencia y sus oponentes”. Pues

el temperamento se refiere a la genética, no a la propaganda, la educación, la persuasión psíquica o la intimidación y a una serie de fenómenos relacionados. Sigue sin probarse que haya habido alguna vez un caso de una persona temperamentalmente partidario de la tiranía que haya sido “convertido” a la tendencia opuesta o viceversa, mediante algún mecanismo conocido de arte de persuasión.

En el momento en que escribía esto, Martin había estado más de 20 años enseñando en institutos y universidades. Y su razonada opinión era que las escuelas, en particular, no persuadían a nadie de nada. “Tienen mucho éxito”, escribía, “en afianzar el sentimiento que ya existe en la gente que procesan, aunque puedan desarrollar adversarios despertando reacciones contradictorias entre quienes son temperamentalmente hostiles a lo que se ven expuestos”. Por eso “los miembros de creencias libertarias siguen estando aproximadamente en los mismos niveles año tras año en relación con el total de la comunidad, a pesar de los intentos más asombrosos en literatura, comunicación y acción para que aumenten”. La cruda realidad, insistía Martin, es que “quienes ansían las comodidades y seguridad de la subordinación superan a los ‘espíritus libres’ y no hay evidencia creíble de que esta relación vaya a cambiar ahora o en algún momento en el futuro en algún grado apreciable”.
Ésa era la postura de James J. Martin sobre los orígenes de la política de la obediencia, la voluntad de esclavitud, la voluntad de servidumbre voluntaria. Sin embargo había otras opiniones. Como sugiere la aparición simultánea en 1975 de traducciones en competencia del ensayo de filosofía política de Etienne de La Boetie, la década de 1970 fue un tiempo en que esas ideas estaban “en el aire”, un tiempo en que mucha gente se sentía atraída a considerar y discutir esas ideas.

Consideremos el caso de Stanley Milgram, el psicólogo social de la Universidad de la Ciudad de Nueva York cuyo libro Obediencia a la autoridad fue publicado en 1974. El libro era un resumen y reflexiones de Milgram sobre una serie de experimentos que había venido realizando desde 1961, cuando era un recién doctorado de Harvard en el segundo año de su primera asignación enseñante, como profesor asistente de psicología en Yale. Milgran pidió voluntarios que estuvieran dispuestos a participar en un experimento psicológico a cambio de una pequeña paga. “Cuatro dólares por una hora de tu tiempo”, de acuerdo con el anuncio reproducido en el libro de Milgram de 1974. Cuando los voluntarios llegaban al laboratorio de Milgram, se les decía que iban a participar en un estudio de cómo la memoria y el aprendizaje se veían afectados por el castigo.

Se les dijo que en el experimento desempeñarían el papel de un “maestro”. Cada uno de ellos se emparejaba con otro voluntario que hacía el papel de un “alumno”. Las reglas eran sencillas. El alumno estaba atado a una silla por un “investigador” con bata blanca y conectado a electrodos. En un cuarto adyacente, con una ventana a través de la cual el maestro y el investigador podían ver y mantener contacto visual con el alumno, el maestro leía ante al micrófono una lista de palabras agrupadas por pares. La voz del maestro era audible por el alumno mediante altavoces en las paredes del cuarto adyacente. De forma similar, la voz del alumno era oída por el maestro y el investigador a través de altavoces en las paredes de su lado del cristal.

Si el alumno repetía las parejas de palabras en el orden correcto, el experimento continuaría. Si el alumno cometía un error, el maestro administraría una descarga eléctrica al alumno por control remoto, presionando un botón en una consola de control. Cada descarga eléctrica administrada sería más fuerte que la anterior.

En algún momento, los “maestros” voluntarios descubrían que los “alumnos” voluntarios empezaban a mostrar incomodidad, luego una creciente evidencia de sentir un dolor serio cuando se administraban las descargas. No tomaba mucho tiempo hasta que los alumnos empezaban a pedir, luego a rogar, que les dejaran abandonar el experimento. Poco después empezaban a forcejear intentando escapar de las sillas en las que el experimentador les había atado. Poco después los alumnos empezaban a pedir a los maestros que les ayudaran a escapar.

Y a medida que las descargas que los experimentadores ordenaban administrar a los maestros se hacían cada vez mayores, la consola desde la que los maestros administraban esas descargas empezaba a mostrar avisos de que los voltajes seleccionados eran peligrosamente altos. Aún así, a cualquier maestro que protestara ante los experimentadores o siquiera presentara objeciones acerca de cómo debería hacerse el experimento se le ordenaba severamente por parte de los experimentadores que continuara. Los experimentadores le decían que todo estaba bien.

Y, de hecho, todo estaba bien. Los alumnos no eran realmente voluntarios, sino actores. Realmente no estaban recibiendo ninguna descarga. Pero los maestros no lo sabían. Creían que estaban infligiendo un dolor espantoso y posiblemente peligroso para la vida de los alumnos. Y la mayoría de ellos lo seguía haciendo, a pesar de las luchas y protestas de sus víctimas. Sólo uno de los 40 primeros voluntarios de Milgram rechazó infligir  más descargas más allá de lo que su tablero de mandos le decía que eran 300 voltios. Pero en ese momento, según Milgram, la “respuesta [del alumno] sólo puede describirse como un lamento agonizante. Poco después, no hacía ningún sonido”.

Aún así, todos menos uno de los primeros 40 voluntarios continuaron administrando descargas. Dos tercios de ellos, siguieron administrándolas hasta lo que sus consolas les decían que eran 400 voltios, el voltaje más alto que podía producir el equipo, a pesar de que para entonces los alumnos ya no respondían y aparentemente estaban inconscientes o muertos.

El experimento de Milgram, por supuesto, no tenía nada que ver con la memoria, el aprendizaje y el castigo. En su lugar, como explicaba en 1974, era

un experimento simple. (…) para probar cuánto daño infligiría un ciudadano corriente simplemente porque se lo ordenaba un científico experimental. La cruda autoridad se enfrentaba a los más fuertes imperativos morales del sujeto en contra de dañar a otros y, con los oídos del sujeto llenos de quejidos de las víctimas, la autoridad ganaba más a menudo que no.

Aún así, en cualquier punto del procedimiento, todo lo que tenía que hacer cualquiera de los maestros era rechazar continuar. Todo lo que tenían que hacer era levantarse e irse del laboratorio. Se parece bastante a la situación que describe Etienne de La Boetie en su ensayo sobre la política de la obediencia. Como los gobernados siempre superan en número al gobernante, escribía La Boetie, los gobernados podían liberarse en cualquier momento, “simplemente deseando ser libres”.

Era realmente así de sencillo, escribía La Boetie. En sus palabras:

Resuelve no servir más y serás inmediatamente libre. No digo que levantes tu mano contra el tirano para derribarlo, sino simplemente que no le apoyes más; luego veras como, igual que un gran Coloso cuyo pedestal ha desaparecido, cae por su propio peso y se rompe en pedazos.

¿Hubiera caído el experimentador por su propio peso y se habría roto en pedazos en el laboratorio de Staley Milgram si los maestros lo hubieran abandonado? Como dijo el propio Milgram:

la reacción inicial del lector ante el experimento puede ser la de preguntarse por qué nadie en sus cabales (…) simplemente no rechazaría hacerlo y saldría del laboratorio. Pero el hecho es que ninguno lo hizo. Como el sujeto había venido al laboratorio a ayudar al experimentador, estaba bastante dispuesto a empezar con el procedimiento. No hay nada muy extraordinario en esto, particularmente porque la persona que va a recibir las descargas parece inicialmente cooperadora, aunque algo aprensiva. Lo que sorprende es lo lejos que llegan las personas corrientes en cumplir con las instrucciones del experimentador. De hecho, los resultados del experimento son a la vez sorprendentes y desalentadores. (…)

Muchos sujetos obedecerán al experimentador sin que importe lo vehemente que ruegue la persona que recibe la descarga, sin que importe lo dolorosas que parezcan las descargas y sin que importe cuánto rueguen la víctimas salir. Esto ha pasado una y otra vez en nuestros estudios y ha sido observado en varias universidades en las que se ha repetido el experimento. Es la voluntad extrema de los adultos de ir hasta donde haga falta en obedecer a una autoridad lo que constituye el principal descubrimiento del estudio y el hecho que requiere más urgentemente una explicación.

Milgram creía que había dos explicaciones para sus resultados. Yo las llamo la explicación psicológica y la explicación sociológica. La explicación psicológica es que bajo ciertas circunstancias el individuo ordinario a la vez está dispuesto y es capaz de “verse a sí mismo como el instrumento para realizar la voluntad de otra persona”, de forma que “no se considera por tanto responsable de sus acciones”. La explicación sociológica es que bajo ciertas circunstancias la mayoría de los individuos abandona cualquier intento de pensamiento independiente y simplemente se ajustan a lo que sienten que se espera de ellos: lo que han absorbido, principalmente sin advertirlo, de la cultura en la que han crecido y viven hoy.

¿Así que cuál es la solución a este problema de la autoridad, cómo podríamos calificarlo? Hay que decir en favor de Milgram que consideraba el libertarismo como una posibilidad. Pero lo rechazaba. “Parecería”, escribe, “que el argumento anarquista del desmantelamiento universal de las instituciones políticas es una solución poderosa al problema de la autoridad. Pero los problemas del anarquismo son igualmente insolubles”. Pues

mientras que la existencia de autoridad a veces lleva a la comisión de actos despiadados e inmorales, la ausencia de autoridad hace a uno víctima de esos actos por parte de otros mejor organizados. Si los Estados Unidos abandonaran todas las formas de autoridad política, el resultado estaría muy claro. Pronto nos convertiríamos en víctimas de nuestra propia desorganización, porque las sociedades mejor organizadas inmediatamente lo percibirían y actuarían sobre las oportunidades que crea esa debilidad.

Además, sería un exceso de simplificación presentar un cuadro de un individuo noble en una continua lucha contra la malévola autoridad. La verdad evidente es que (…) por cada individuo que realiza una acción violenta a causa de la autoridad hay otro individuo al que se le impide hacerlo.

La psicóloga social libertaria Sharon Presley estudió con Milgram para su doctorado en la Universidad de la Ciudad de Nueva York en la década de 170; dice que políticamente Milgram no era un libertario, sino “un demócrata liberal que estaba a favor de las libertades civiles”.

Sin embargo, al ir más allá en la idea clave de Etienne de la Boetie acerca de la política de la autoridad, la voluntad de esclavizarse y el deseo de abrazar la servidumbre voluntaria e idear un test ingenioso sobre su influencia en el individuo ordinario, Stanley Milgran hizo una importante contribución a la tradición libertaria.

[Este artículo está transcrito del podcast  Libertarian Tradition]
Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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